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NOTIZIE SULLA REALTÀ EXTRATERRESTRE  -  NEWS ON THE EXTRATERRESTRIAL REALITY
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[Aquila]

EN VERDAD YO DIGO

En el tiempo pasado está mi futuro, porque es verdad que en el tiempo futuro está mi pasado.
En verdad, yo digo todavía:
Aquello que en el tiempo fue, en el tiempo es y será.
"Luego vi, cuando él tuvo abierto el sexto sello: Y, he aquí, se hizo un gran torbellino, y el sol se volvió negro como un saco de pelo y la luna se volvió toda como de sangre.
Y las estrellas del cielo cayeron a tierra, como cuando la higuera sacudida por un gran viento deja caer sus higos.
"Y el cielo se recogió como un libro revuelto, y toda montaña e isla fue removida de su lugar".
Y en verdad: Yo, Eugenio, hombre que fue y que es en el tiempo de vuestra generación, en verdad yo os digo que las montañas y las islas fueron removidas de su lugar antes de tiempo y que Él, Juan, lo describió como en el tiempo venidero, de otras generaciones.
En verdad aconteció que las montañas y las islas fueron removidas de su lugar y con sus inmensas tierras navegaron como cascarones en la inmensidad del furioso mar.
Muchas tierras fueron perturbadas y otras devoradas por los profundos abismos de los océanos. Un continente se desgajaba del otro como blanda hoja de papel, semejante a una ramita a merced del furioso viento; ahora entraba en el mar y ahora salía a la luz. Otro no retornaba más ante los ojos de los futuros.
Y yo vi por voluntad de Dios, porque yo fui en aquel tiempo como ahora soy, hombre, y vi, con los ojos abiertos, esto que aquí os describo.
Entonces era muchacho y ha pasado tanto tiempo que todavía me parece un largo sueño. Sin embargo es tan verdadero aquello que fue y vi que, retornando al tiempo, ya remoto, de hace doce mil años, todavía encuentro las mismas cosas de entonces, cuando la faz del mundo era otra y diferentes eran las cosas y las costumbres de los hombres.
Aquello que vieron mis propios ojos, lo recuerdo ahora que tengo treinta y tres años.
Y yo vi aquello que mi alma conserva y que os relata ya que el tiempo esta próximo.
Era entonces tiempo que dista de este cerca de doce mil años, cuando los templos y los nidos de los hombres eran lechos llenos de flores y de olores y cada cosa quería ser como la eterna música de los cielos. El sol resplandecía como jamás, y su luz penetraba en cada uno de los más remotos ángulos de la Tierra. El murmullo del viento era dócil y, agradable como una caricia de los Angeles, se posaba, en todas partes, suave y cálido. De un lado a otro de la tierra la voz alegre de las almas felices vibraban en el espacio como un dulce encanto desde el alba al ocaso; y los pájaros sin temor y con alegre gorgojeo, volaban alrededor de los hombres y de las cosas, aun más alegres y más felices. La música adornaba de gracia las almas embelesadas de puro amor y en cada corazón yacía mórbida la bondad y la dulzura del espíritu. La noche no parecía noche y en toda alma no encontraba sueño por la belleza que la rodeaba. Y el verde de los campos y todas las cosas que estaban en el regazo de la naturaleza eran de una extraña belleza. Las caravanas, gente alegre, andaban por allí o retornaban con el corazón lleno de viva esperanza. Aquel era el tiempo del espíritu y de la sabiduría.
Y, yo, bien recuerdo, nunca la humana gente conoció aflicciones, ni nunca la tristeza veló de sombra los pensamientos de los hombres.
Acaeció después que la humana gente se hinchase de orgullo y que la creación viniese turbada hasta volver lo dulce de la vida y del corazón tan amargo y que se volviesen una sola cosa, como una sola columna. También sucedió que la alegre voz del alma ya no era como antes y que de uno al otro confín de la tierra ya no resonaba el canto alegre de la felicidad de la humana gente.
En el corazón de los hombres el amor al Espíritu de Dios se volvía débil, y tristeza y aflicción penetraban cruelmente en el corazón de las gentes.
Muchos, inflamados de orgullo y de odio, practicaban maléficos entendimientos con Rey y Sacerdotes; y tanto los unos como los otros se impregnaban de maléfico arte y erigieron templos con figuras de oro y de piedra rara, dando así a los ojos y quitando y negando la alegría del espíritu. La obra del mal había, en muchos de ellos, enflaquecido el amor y la sabiduría hacia las cosas del espíritu, poniendo enfrente del bien el mal del odio y del orgullo.
Acaeció que el hermano nutriese odio para el otro hermano y que el padre nutriese odio hacia los hijos. El uno buscaba golpear al otro con la misma crueldad. El mal y el tormento consumían lentamente lo bueno y feliz de sus almas, y muchos de estos cayeron enteramente en los pecados más graves, demoliendo y consumiendo aquello que Dios había tan largamente prodigado y con tanto amor dado.
Pasaron así muchos años y las maldades se multiplicaban vertiginosamente en el corazón de los hombres. Dios ya no debía ser feliz y Su tristeza era profunda por la obra que los hombres habían emprendido. No se vieron más caravanas de hombres plenos de esperanza en el corazón, más bien columnas interminables de seres embrutecidos y malvados, ligados a las enseñanzas y las ordenes del Rey y de los Sacerdotes. Ya no había paz y solamente para pocos el tiempo de los Padres y de los Antepasados se volvió un mito de gran esperanza.
Yo había crecido y bien comprendo todas las cosas que aquí os relato. Un día sucedió que yo viese a un hombre viejo y barbudo que, orando al gentío, en multitud reunida a su alrededor, decía: "Así fue, así es y así será hasta la séptima generación; y esta es la quinta de las siete".
Así decía el que yo miraba con ojos atentos y con mente despierta. Y Él todavía dijo:
"Pasará el tiempo, y pasará infeliz hasta que el Hombre Eterno venga de los cielos, como aconteció antes de que nacieran los padres de vuestros padres para juzgar las culpas, por ellos, cometidas. Lo que sucede ahora, deberá suceder, todavía, por dos veces sobre esta tierra; la última será la séptima vez".
Y Él, todavía decía:
"Siete veces todo hombre vendrá sobre la tierra y el no recordará jamás haber nacido antes y haber renacido después; y esto por siete veces".
Y Él así hablaba, mientras mi alma ardía de verdad y de profunda admiración. Y Él así decía, todavía, a la muchedumbre:
"Siete son las generaciones que durarán y también deberán terminar sobre esta tierra; y vosotros sois la quinta generación. Siete son las Escrituras de los Cielos y cada generación tiene una por voluntad de Dios. Esta, vuestra, es la quinta, y también deberá terminar. La séptima será la última prueba, luego advendrá el juicio final".
Así Él hablaba a aquellos que habían perdido la paz del alma. Y todavía dijo:
"Vosotros sois la quinta, y la simiente de la sexta nacerá de vuestro fin. Así está marcado en el gran Libro de los Cielos. Y entonces advendrá que el Hombre Eterno, Dios, vendrá sobre la tierra como sol resplandeciente del cielo para mostraros Su Gloria y la Potencia de Su Reino, que es Reino del Espíritu Eterno. Muchos de vosotros, vueltos fuerza del mal, sentirán terror y, sin embargo, no modificaran, ni volverán atrás de sus propósitos, ni se arrepentirán los que van a nacer, puesto que el maléfico arte de los padres también quedará en el semen. Pocos, en verdad, serán aquellos que volverán a las voluntades del espíritu; y solamente estos se salvarán en el alma y en el cuerpo. Estos serán guiados allá, hacía oriente, donde la tierra quedará fuera de la furia de las aguas, e inmune a los desastres, y todavía estos proseguirán hacia el recto camino, alzando tabernáculos y templos a la gloria y la potencia de Dios".
Y yo escuchaba a corazón abierto aquello que Él decía a la muchedumbre inquieta y amenazante.
Acaeció que Él no fue creído, como hombre semejante a los otros, e incapaces de advertir en sus corazones la fuerza de la piedad, ellos sentenciaron en secreto aquello que debían efectuar a Aquel que había predecido tal fatal destino, a causa de sus pecados, por voluntad de Dios, predicando sin ningún temor. Las turbas, animadas por malvados propósitos y mal aconsejadas, lo cogieron en el lugar donde Él estaba y lo aislaron a viva fuerza. Mi corazón ardía de amor por él, yo era joven, sin embargo amaba las sabias palabras que Él decía, con tanto sentido, dicho. Y sucedió que lo llevaron a un campo en donde las flores estaban abiertas al sol cálido y resplandeciente, y allí comenzaron a practicar lo que en secreto habían sentenciado. Él no sintió impaciencia, ni la cordura del alma y del corazón se removió, no hizo ningún signo de rebelión, ni sus ojos, semejantes a las estrellas, se dilataron por miedo.
Más bien quiso añadir, todavía, algunas palabras a lo que había dicho, y dijo: "Vendrá el tiempo en que yo me sentaré entre los Siete Jueces del Cielo, por Deseo de Dios y allí leeré, punto por punto, vuestras culpas y tal será el juicio: que vuestra raíz quedará sobre la tierra y lo que habéis pensado practicar sobre mi cuerpo, vendrá practicado a aquellos que, de vuestra raíz, vengan al mundo hasta el tiempo que Dios quiera, con igual fuerza y medida. Arrepentíos, pues; puesto que todavía es tiempo".
Pero las turbas enfurecidas y mal aconsejadas no quisieron frenar el malvado instinto del mal. Y aquello que yo vi, después que Él terminó de hablar, fue tan cruel que mis ojos se volvieron como piedras en el mar. Vi hombres buscar en el cerebro del Sabio aquel que tan mal hablaba en su lugar. Y buscaron, buscaron sin encontrar aquello que ellos pensaban estuviese. Y el Sabio Hombre, aún sin aquello que el hombre debe tener necesariamente, quedó así como era antes, todavía más vivo que aquellos que lo rodeaban, realizando el delito. Tanto que al verlo, aquellos que habían actuado primero, se volvieron irreconocibles, puesto que no hablaban como era corriente hablar, sino más bien como hablan los insensatos y privados de consciencia; y sus ojos giraban de un punto al otro, veloces como el viento.
Acaeció que el Sabio Hombre, aún quedando como estaba, dijo todavía:
"Habéis visto aquello que a los mortales no es dado ver en vida y en el futuro del tiempo.
Tal cosa operará Dios en vosotros y en aquellos que germinaran de vuestra raíz.
Sin embargo no sabréis nunca, ni conoceréis, porque Dios así querrá que sea".
Y después de haber dicho esto, así como estaba, se encaminó como un hombre que tiene todo aquello que la madre da a su propia criatura.
Sin embargo no era así: Porque cerebro Él no tenía.
A tal vista acaeció una turbación en todos aquellos que observaban tan extraña valentía del Sabio Hombre. También yo, como ellos, me turbé; pero ya lo estaba antes, porque en mi alma sentía arder de verdad sus palabras.
Y sucedió que lo seguí yo solo. Y otros, todavía aterrorizados, se marchaban haciendo camino inverso. Sin embargo, cuando Él me vió, no retrocedió, más bien con amable atención se paró y dijo: "Ven, pequeño mío, puesto que en ti esta aquello que esta en mi".
Ante estas palabras suyas, los ojos, el corazón y mi alma sintieron un gran calor y todo mi cuerpo ardía como el fuego.
Y Él, todavía más cerca de mí, dijo:
"No tengas enojo por aquello que has visto, porque lo que sientes en tu alma, Dios ya lo ha sentido mucho tiempo antes; y Él dará el mismo dolor".
Y yo, todavía tembloroso de piedad, pregunté: "¿Quién eres tú que en mi alma haces tanto vacío de dolor y de tristeza?". Y Él así contestó:
"Yo soy mensajero de Dios y por su Voluntad he venido sobre la tierra. Yo no tengo nombre y no soy como tú eres; sin embargo tú, pequeño mío, posees aquello que yo poseo por voluntad del Espíritu Santo. Aquel que tú sientes en tu frágil y, sin embargo, gran consciencia es Aquel que reina eternamente en los cielos, allí donde tus ojos no podrán ver".
Y Él, así como un padre instruye a los hijos, continuaba:
"Hay un lugar en el que la noche es día y el día esplendor; en un tiempo no lejano tú nos verás, y allí verás a Aquel que tus ojos ven".
Y continuando, todavía decía con amoroso aliento:
"Aquel día los ángeles cantarán en coro, y tú vendrás por el camino que a mi te conduce, donde quedaré por los siglos de los siglos, hasta el juicio final. Tú, pequeño mío, un día dejarás aquí, sobre la tierra, tu cuerpo; sin embargo tú vivirás en forma diferente, que ni cuerpo ni aire te serán útiles; y sólo cuando habrás visto aquello que el futuro conserva a la séptima generación, sólo después, por concesión de los Siete Espíritus de Dios, y por Su consentimiento, volverás a ver, nuevamente, el mundo con diferente faz de cómo ahora tú lo ves".
Después de haber dicho esto, el Sabio Hombre añadió:
"Ahora yo te dejaré y tanto tiempo pasará antes de que tú puedas volver a sentir el calor de tal verdad en tu alma; pero todavía te digo: en aquel tiempo cuando tú hayas retornado entre los hombres de la séptima generación y cuando hayas cumplido los treinta y tres años, yo estaré en tu alma y en tus pensamientos, y de esto te daré prueba de haber venido, ya que a ti querré hablar de tantas cosas.
Y ahora es oportuno que tú sepas el camino justo y aconsejado.
Acontecerá que el sol se volverá más grande y mucho más resplandeciente de cómo ahora tú lo ves. Que esto no turbe tu alma porque ninguna cosa arderá de ardiente fuego. Cuando esto sea observado, tú andarás camino hacía oriente y paso a paso tu alma será aconsejada por los largos senderos verdes que, en el tiempo, deberás recorrer. El camino será tan largo y fatigoso, pero esto no será turbación ni para tu cuerpo ni para tu alma porque serás guiado y aconsejado.
Sucederá que al final del largo camino encontrarás aquellos que sobre la frente llevan el sol, semejante a aquel que tú ves en el cielo, y allí te quedarás. Allí pasarás el resto del tiempo de tu vida; terminarás los días sin padecer dolores en tu cuerpo, ni este quedará descubierto, ni mano humana lo tocará hasta el fin. Y entonces, cuando esto acontecerá, que tú dejaras el cuerpo, de hombre, y vendrás al Reino de los Cielos, de aquel Reino yo te mostraré, aquello que sucederá sobre la tierra por culpa de la quinta generación".
Después de haber terminado de hablar, yo me sentí envuelto en un profundo sueño y apoyando mi cabeza sobre sus rodillas me adormecí silenciosamente.
Al llegar la mañana, apenas mis ojos se abrieron, vi allí, en el lugar de las rodillas del Sabio, una abundancia de diferentes flores perfumadas y todavía vivas de tanta vida. Él ya no estaba, ni en los alrededores mis ojos lo vieron. Busqué con inquietud y con esperanza y durante mucho tiempo peregriné intentado encontrarlo; pero ¡Ay de mí! vanas mis indagaciones. Él no era como yo era, ni sobre la tierra, porque sucedió que mi alma, dentro de mí, habló diciendo:
"No te fatigues más con tanto amor, ya que inútilmente tú buscarás a Aquel que anhelas como era. Yo ya no soy como tú eres, puesto que el Padre me ha llamado a Sí y también estoy dentro de ti para que tu alma hable y diga aquello que yo quiero decir".
Y aquel que yo sentía dentro de mí, me alegraba el corazón y mis ojos daban luz de felicidad, como yo jamás había tenido. Sin embargo Él ya no estaba, y yo con vehemencia anhelaba que Él fuese así como mis ojos lo habían visto.
Pasó el tiempo y dentro de mí albergaba la voz del Sabio y me seguía a cualquier lugar que yo fuese. Mis años habían alcanzado el numero veinticinco y el sol estaba en el signo de la sabiduría que es el signo del Espíritu y también signo de la quinta generación, en la que vi los años de mi vida, crecer como planta de prado.
En aquel tiempo sucedió aquello que en mi corazón estaba grabado. Y vi al sol acercarse tanto a la tierra, como amenaza mortal. Las turbas, los reyes y los sacerdotes tuvieron infinito miedo, y todos gritaban como seres sin juicio: andaban como el viento enloquecido buscando refugio en el vientre de los montes. Y gritaban con tanto estruendo que me parecía que las aguas de los mares discurrían veloces sobre la tierra.
Mis ojos no se movieron del espléndido sol, vuelto diez veces más grande que su tamaño habitual; ni espanto sintió mi alma, ni yo me moví del lugar, en donde quede inmóvil, cautivado por tanto esplendor. Y advino que, mientras mis ojos fijaban tanta maravilla, el Verbo que en mi se hacía palabra decía:
"Es hora de que inicies el camino hacía oriente, por que aquello que debía acontecer, pronto acontecerá por obra y voluntad de Dios".
Ante estas palabras yo no quedé mucho tiempo en meditación, porque sabía que "Él" hablaba dentro de mí. Y aconteció que, mientras yo emprendía el camino hacía Oriente, vi girar al sol como gira una rueda de carro en la tierra seca y sin poner en obra ninguna amenaza, volvió nuevamente como era antes, diez veces más pequeño.
Las turbas, los reyes y los sacerdotes, todavía aterrorizados, no salían del vientre de los montes, porque en su pensamiento quedaba el miedo de que el Sol se volviese todavía más grande y más amenazador que antes.
En mi pensamiento brotó, como el alba, el dibujo del camino que debía iniciar, porque yo sabía, en mi corazón, que lo debía emprender. Y así aconteció que mi cuerpo inició su fatiga, decir el tiempo me parece todavía más difícil. Después de tantos días de camino alcancé un gran bosque y allí puse mi cuerpo al reposo y mis ojos al sueño. Yo bien recuerdo lo que vi cuando estaba inmerso en el sueño.
Vi al Sabio Hombre curar las heridas que se habían formado en mi cuerpo con amoroso cuidado y también vi que Él ponía sobre mis resecos labios aceite oloroso diciéndome: "Dilecto hijo, esto es Amor del Espíritu; levántate puesto que la hora está cercana y de tan gran bosque no quedará nada, sino cenizas y ninguna cosa formará, más, vida". Así yo hice y con más fuerza que antes me puse en marcha, abriendo camino a mi paso.
Pasó, todavía, tanto tiempo antes de que yo avistara un hombre, primero, y después muchos otros venir a mi encuentro como si yo tuviese la corona de su reino. Sin embargo tuve gran espanto antes de que el Verbo dijese:
"Mira su frente y tranquilízate porque estos son aquellos que Dios librará de la dura suerte, siendo ellos el semen de la sexta generación; y estos te amarán porque tú reforzarás en sus corazones la verdad del Espíritu que es Reino de Dios".
Y yo, cuando estuve cerca de aquellas criaturas, observé atentamente sus frentes y vi la señal del Sol, así como era cuando lo vi diez veces más grande. Y antes de que yo dijese a ellos aquello que en mi mente nacía, ellos me dijeron: "Sabemos aquello que tú llevas en el templo de la sabiduría y también sabemos cuanta fuerza hay en tu alma por voluntad de Dios. Ven, acércate a nosotros y alegra de más conocimiento espiritual nuestras consciencias".
Y yo que escuchaba sus palabras con el pensamiento lejano, y sin embargo enterándome de lo que ellos decían, les dije: "Llevadme allí, donde el templo erigido a la gloria del espíritu bien conserva vuestras almas cuerdas y sabías, porque es verdad que allí querré albergar hasta el día que Dios quiera".
Y así aconteció que yo entrase en el templo y adorase la gloria del Espíritu Santo y enseñase el benévolo querer de Su Sabiduría al pueblo de aquellos lugares.
Sucedió que los años alcanzaron el número cuarenta y nueve y en aquel tiempo la Voz hablase diciendo:
"Hijo, prepárate a dejar tu cuerpo porque, como tú ya sabes, la hora de tu tránsito ha llegado, y como yo te dije un día, vendrás al Reino de los Cielos para ver aquello que sucederá sobre la tierra por las culpas de la quinta generación de los hombres. Prepárate, hijo, porque durante el sueño tú dejarás la vida terrena y tu cuerpo será bien conservado como yo te dije, en un tiempo, y como Dios ha dispuesto que sea".
Y yo, contento por lo que sentía, tuve tal alegría que el sueño me abrazó con infinita dulzura. Sin embargo no dormí, puesto que me vi en un lugar que, la humana gente, jamás ha visto ni construido con palabras, tan bello era aquel lugar que yo todavía creía dormir y soñar, sin embargo no era así.
Yo allí vi la dulzura, amor, piedad, bondad, caridad, cordura y sabiduría y tantas otras bellezas de Espíritu y del Reino de los Cielos. Yo, también, vi todos esas virtudes asimismo en los hombres, porque tal forma estos tenían, semejantes a como yo era y sin embargo ya no eran, y yo tampoco. Había tanta belleza que mi Espíritu se alegraba como no sé expresar. Cada instante de hora, cada hora del día estaba rodeado de dulce felicidad y pleno de tanto amor que otros, como yo, tal alegría demostraban, acercándose a mí, sin que yo viese su caminar, decían en coro:
"Gloria al Espíritu en la vida Eterna. ¡Gloria, Gloria, Gloria!". Y yo, como ellos, con el Verbo del silencio sin buscar aire a aquello que ya no tenía, decía:
"¡Gloria, Gloria, a Dios amable Padre de todas las virtudes. ¡Gloria, Gloria, Gloria!".
Y tanta música yo oía, que oído humano nunca podía haber oído. Toda cosa, de la que no sé medir la belleza, tenía luz resplandeciente a mi alrededor, me pareció contar mil y mil soles y mil estrellas. Y yo nunca vi la noche ya que la luz quedó siempre espléndida como yo la encontré.
Ahora, mientras yo tal dulzura absorbía con la luz del espíritu, sucedió que se abrió en el espacio, como por encanto, una gran pared de color oro vivo, adornada de flores de mil colores y que rayos de siete colores saliesen antes que hombres, tal forma estos tenían, de brillantes cabellos como luciente plata, volasen alrededor como pájaros en fiesta, anunciando con voz penetrante y plena de musical armonía, los Siete Espíritus de Dios. Y estos anunciadores eran de tal belleza que los ojos de mi espíritu no osaban alzarse de la maravilla.
Inmediatamente después aconteció que rayos como oro, tal era el color, formaron un grandísimo templo, tan grande como para poder contener todas las generaciones de la tierra y, en su centro, estaban sentados los Siete Sabios en blanco luminoso. Yo vi sus cabellos como nieve al sol y suaves como ligerísimas plumas, largos y apoyados sobre hermosos hombros. Sobre su frente brillaba una luminosa estrella, semejante a aquella que yo veía sobre la tierra, cuando yo era así como hoy no soy, y su palabra llena de celestial dulzura, como música, alcanzaba a todos sin que ellos gritasen.
Ante tal visión me sentí turbado, y, sin embargo era verdad, puesto que su voz llegaba a mí que era el último llegado, y muy lejano. Y sucedió que uno de Ellos se alzó e indicando como querer llamar algo, dijo: "Venga aquel que del oriente de la tierra vino aquí, en el cielo, por voluntad de Dios".
Y aconteció que alcé la frente y con mi gran alegría los ojos, que sin embargo no tenía, se posaron sobre el rostro de Aquel que como hombre vino sobre la tierra a dictar Ley Divina y hacer previsiones de Sabiduría Celeste. ¡Cuánta alegría sintió mi espíritu no puedo, todavía decirlo!. Pero bien yo digo, y esto es Verdad que Él era el Sabio Hombre que yo todavía recuerdo. Y acaeció que yo no pude retener el demostrar mi alegría y decir: Mi corazón siempre ha estado contigo sobre la tierra, así como mi espíritu esta contigo en el Reino de los Cielos. Y Él, como un padre habla al hijo, contestó: "La Gracia del Padre Eterno está en ti, hijo, como lo estaba entonces cuando tu piedad sentiste, por lo cual yo te dije que vendrías al Reino de Dios para ver las cosas que, sobre la tierra, sucederán".
Y, todavía, dijo: "Yo conozco tu fe en el Espíritu, y todo el Colegio conoce tu obra sobre la tierra en la era de la Sabiduría, por la que Dios, el Rey del Cielo, y de la tierra, ha querido acoger, con complacencia, nuestro relato sobre ti; y Él todavía propuso aquello que aquí acontece y que deberá acontecer en el tiempo que tú, hijo, te volverás, otra vez, patrón del cuerpo y vivirás como hombre sobre la tierra de la séptima generación".
Y yo, como hijo obediente y cuerdo que sigue en la enseñanza y en el querer al propio padre, estaba atento y escuchaba con consentimiento Sus palabras y Sus propuestas por lo cual quedaba firme en Sus designios. Y, todavía, aconteció que se alzó del lugar donde estaba y, con el, Otro de los Siete y, sin mover los pies, vinieron a mi encuentro, y cogiéndome de la mano, tanto el Uno como el Otro, me llevaron del lugar donde estaba para alcanzar un gran monte. Allí, maravillado, aprendí por sus demostraciones lo que querían decir los corderos que yo veía esparcidos por todas partes, todos muertos, algunos como ahogados, otros como quemados.
Era una espantosa visión de mis ojos, que no eran como los que tiene el hombre sobre la tierra. Y Ellos dos, que querían demostrar aquello que yo veía sobre el monte, me dijeron:
"Hijo, ahora desde este monte tú verás cosas que luego, por voluntad de Dios, acontecerán en la quinta generación, en la sexta y en la séptima. En esta última, que es la séptima, tú habrás renacido sobre la tierra, y hasta que no alcances los treinta y tres años, no recordarás nada. Cuando hayas cumplido los treinta y tres años, nosotros vendremos a albergar en tu alma y abriremos el secreto y desligaremos aquello que antes estaba ligado. Y tú, entonces, recordarás lo que eras antes, y en tu mente se verificará el retorno de las cosas vividas en la Era de la Sabiduría y de aquello que has visto desde este lugar. Esto te será fácil recordarlo, y tú harás esto: escribirás lo que sientas sin tener fatiga en tu mente y sin padecer ningún cansancio en tu cuerpo. Además sucederá que un número tendrá siempre tu consciencia despierta y fuerte, y este será el número "siete". Y, todavía decimos: que tu corazón no tendrá paz hasta que tú no hayas cumplido la obra que está en el plan de Dios para la séptima generación.
Asimismo tú debes saber bien que muchos te serán hostiles y muchos sonreirán de tu obra, esto no debe entristecer tu alma, porque es verdad que quien se ríe de ti, se arrepentirá de haberlo hecho. Habrá almas sinceras que creerán en ti y estas se salvarán en el cuerpo y en el alma y se purificarán y purgarán sus pecados. Luego, ni madre, ni padre, ni esposa, ni hijos, ni amigos te creerán, más bien intentarán molestarte para que el velo del desánimo caiga sobre ti. Pero nosotros velaremos sobre ti y sobre tu alma posaremos los siete dones del Espíritu Santo; y tú serás sabio, inteligente, aconsejado, fuerte en la ciencia y en la piedad; y finalmente sentirás temor de Dios.
Así tú serás y tendrás fuerza para combatir y vencer la obra de los malévolos y de los mal aconsejados, de ofrecerla con dulzura y bondad, de conocer cosas que otros no pueden, y de repeler la falsedad de las acusaciones a ti dirigidas. Y, ahora, que tú sabes que estas cosas deberán acaecer en la quinta, en la sexta y en la séptima generación, que es la última prueba de la humana gente, sobre la tierra, nosotros callamos para que tu Espíritu observe".
Y yo, en la espera, después que Ellos se habían callado, sentí un gran estruendo, tal que mi alma tembló de miedo, y vi aquello que os relato:
"Una gran oscuridad se hizo a nuestro alrededor y encima y debajo de nosotros; y vi a los hombres de la tierra, mujeres y niños estremecerse de miedo porque la tierra empezaba a temblar, como hoja al viento, y el mar a hervir como el agua en un puchero. El grito de terror llegaba al cielo. Toda criatura que, como enloquecida, huía buscando refugio, no encontraba fuerza y equilibrio y yacía inexorablemente expuesta al fin. Todos buscaban refugio en los montes, sin embargo no podían tener tal esperanza. Y aconteció que el mar hervía cada vez más fuerte y la tierra se desprendía de la tierra y caminaba en el mar como pajitas empujadas por el furioso viento. Y yo vi que todas las aguas entraban en la tierra y que cantidad de esta quedaba bajo el agua, dejando un gran vacío; y luego, nuevamente, la volvía a ver, y luego no la veía más, y con ella todo cuanto arrastraba. Templos, hombres, animales y grandes bosques y todo cuanto había perecía miserablemente. Luego vi desplazar las montañas a tanta distancia como un río crecido. Aquellas montañas estaban ligadas a tanta tierra que, como transportadas sobre la palma de la mano, desde un lugar eran posadas en otro lugar.
Otras montañas surgían de la profundidad de los mares y otras desaparecían para siempre. El gran mar empujado y repelido saltaba sobre la tierra y, como un escamoteador, hacía desaparecer todo como el rayo.
Y yo oía gemidos, de aguda desesperación, vagar en el espacio, y luego, nada más.
Solo mar yo veía y fuego surtir de las aguas, y la tierra, todavía fuera de las aguas, correr de un punto al otro como enloquecida. Un solo trozo de esta había quedado fuera de la catástrofe, y ni mar, ni fuego la ofendían. Y yo sin poder comprender aquello, me dirigí a los dos Sabios diciendo:
"¿Venerados Maestros de mi Espíritu, que es aquello que yo veo fuera de la ira y todavía a la luz del sol?" Y ellos como si ya lo hubiesen dicho precisaron:
"Hijo, aquel es el lugar de los padres de la futura generación y de su semilla Dios se servirá para sembrar nueva vida y nueva generación que será la sexta y la séptima. Aquella que tú ves es la única tierra que está a la luz del sol, y es aquel el lugar en donde la fe en el espíritu quedó incontaminada y pura, aún cuando en el sol ellos tuvieron temor de Dios. Allí yace tu cuerpo que fue vivo y ahora ya no lo es, puesto que tu alma está aquí, a nuestro lado. Y aquel que tú has visto no sufrirá la ira desencadenada, ya que es verdad que aquel es el semen que el Padre ha querido conservar para las otras generaciones futuras, sexta y séptima".
Y yo escuchaba lo que Ellos decían, aún sin quitar los ojos de mi espíritu del mundo descompuesto. Y queriendo, todavía preguntar para aclaración, les dije: "¿Dulcísimos Maestros, por qué todo perece con tanta despiadada suerte?".
Y Ellos me dijeron:
"Lo que Dios ha sabido sobre su obra no encuentra justificación para su vida, porque quien ofende con el peor de los males a Dios, Él se enoja y castiga.
Él ha querido parar la obra monstruosa de aquella generación y sembrar nueva semilla. Y la semilla germinará y dará el tallo y luego las ramas y las hojas, y luego, todavía los frutos, y si estos últimos son buenos para el espíritu, el árbol vivirá feliz, si luego debiesen volverse amargos, los gérmenes del mal atacarían el árbol y este comenzará a perder vida. Pero ya que la humana gente nunca está contenta del bien que Dios Creador dispone, acontece que son ellos mismos quienes miden en tiempo que el árbol debe vivir".
Ahora sucedió que Ellos callaron y señalaron con el dedo para que yo, alejandome de los razonamientos mirase más atentamente allí donde había tierra y ahora había mar, y allí donde había mar ahora había tierra. La faz del mundo estaba muy cambiada y estaba desnuda como cuando el hombre nace. Ni templos, ni casas, ni arboles, ni cosas vivientes tampoco veía yo; Veía la desolación y parecía la única cosa que existía en el mundo. Sólo en aquel lugar, donde había quedado la semilla, yo veía vida y alma, y allí el sol resplandecía y daba luz y calor a las cosas que quedaban por voluntad de Dios. Y pasó tanto tiempo y tanto tiempo todavía, sin embargo yo nunca sentí cansancio de tener los ojos del espíritu fijos allí donde las aguas vueltas humo negro, se movían todavía sobre la tierra para buscar la salida y asentarse en diferente sitio. Y mientras yo meditaba tales cosas, Ellos dos, semejantes a mi, no desviaron sus miradas, ni hicieron ningún gesto de consideración, sin embargo, como yo, miraban aquello que yo miraba.
Y pasó todavía tiempo y otro tiempo todavía, tanto que yo sentí la necesidad de preguntar algo para oír la respuesta aminorar el silencio que alrededor se había hecho como sombra de tristeza y de dolor. Y les dije a Ellos: para mover Sus pensamientos de la inmovilidad: "¿Ahora decidme, Jueces sapientes, si mi pregunta no es atrevimiento, que acontecerá después de que las aguas se vuelvan como solían estar, límpidas como el cielo y la tierra como tela al sol?. Y Ellos dirigiéndose a mi, porque era lícito dar respuesta a mi pregunta, dijeron:
" Sucederá, Hijo, que la tierra recobrará vida, ya que el sol, esto hará por voluntad del Padre Celeste. Además se verificará que los ojos de tu espíritu verán renacer sobre la tierra todo lo que a ti te pareció estar muerto para siempre; sin embargo no era así. Y, todavía veras que la tierra se pondrá bellos vestidos, semejantes a los que tú pusiste en las días del Amor al Espíritu, y toda cosa, después de ser vestida, toda cosa volverá a tomar vida y calor, como en el principio, cuando el designio de Dios se volvió realidad".
Y yo escuchaba y también deseaba conocer más, como un niño cuando para comprender y conocer mejor las cosas que los ojos ven, hace tantas preguntas. Y yo así hice y pregunté, y ellos como padres pacientes contestaron a mi siguiente pregunta: "¿Por qué, yo os digo a Vosotros padres sapientes y cuerdos, por qué nunca recomienza la vida allí donde la ira del Santo Espíritu se ha desencadenado?".
Y Ellos me contestaron con paciencia plena de Amor:
"Hijo bendito, todo acontece por voluntad de Dios, porque Su voluntad es justo en el bien, si en el bien se vive, en el mal si en el mal se cae. Y aquella generación que en el mal había caido, tuvo castigo merecido. Sin embargo, como los ojos de tu espíritu todavía ven, el Espíritu Santo ha dejado semilla para que regenere y regenere, nuevamente, hasta formar el nuevo árbol que será el sexto".
Y yo al oír esto, inmediatamente pregunté: "¿Veré yo su camino en el tiempo desde este lugar?. ¿Y veré crecer al sexto árbol y madurar sus frutos?".
"Nosotros decimos no, hijo, porque aquel tiempo tú no verás, sin embargo sabrás, ya que muchos de nosotros estarán sobre la tierra dictando Ley, y como hombres, sin pensar ni prever el designio de Dios. Sin embargo, ahora, lo sabemos y conocemos aquello que acontecerá en aquel tiempo y también conocemos lo que obrará el Espíritu Santo, el cual se dignará descender, de nuevo, entre los hombres para poner ante sus ojos los dones y la potencia de Su Reino.
Entonces nosotros ya seremos hombres y con Él operaremos, porque Él así ha dispuesto que suceda en aquel tiempo. Tendremos tanto que edificar y tantas obras quedarán, de nosotros, sobre la tierra que tú sabrás sólo cuando llegue la hora de saber. Además te decimos, dulce hijo, que cuando advenga aquello que nosotros ya hemos dicho, será el tiempo en que el sexto árbol de la vida habrá absorbido amargas experiencias y que él habrá abandonado la fe del espíritu. Ya no decimos más, porque cuando advenga tu renacimiento en la séptima generación y hayas cumplido más de veinte años, el sol comenzará a poner en tu alma el calor del espíritu, y las estrellas alimentarán, en el lugar de los pensamientos, fuertes deseos y orientaciones. No te decimos otra cosa, dilecto hijo, de la sexta generación. Sin embargo, todavía, pensamos darte explicaciones sobre como se comportará la séptima, porque tú en esta tomarás cuerpo con alma, como hombre, así como era todavía antes de este tiempo, cuando alimento, aire, agua y calor eran necesarios a tu vida".
Y yo, atento a lo que decían y a lo que todavía querían decir, escuchaba. Y Ellos continuaron diciendo:
"La séptima generación tendrá la séptima Ley de Dios, y esta también tendrá los siete dones del Espíritu Santo, puesto que la prueba es la última. Los hombres serán libres de escoger y modificar según sus deseos, ya que está en el designio del Espíritu Santo que los hombres de la séptima generación tengan que acreditar la grandeza de las cosas creadas por Dios sobre la tierra y en los cielos y, en lugar de ello, tenemos que censurar su obra de muerte y destrucción. Ahora finalmente sepas tú, Hijo, que llegará el tiempo de una gran batalla y, todavía antes, graves perturbaciones se desencadenaran entre los hombres. En aquel tiempo tú habrás cumplido los treinta y tres años, por lo cual nosotros hemos decidido, por voluntad del Sacro Colegio de los Sagrados Espíritus de Dios, que es Su misma voluntad, entrar en tu alma para hacer previsiones y para hacerte escuchar Nuestro argumento. Y entonces, cuando advenga el tiempo en que seremos en ti, fuertes serán tus sentimientos y más fuerte será tu amor hacia el Espíritu Santo.
Y comenzarás a hablar de cosas que sientes dentro de ti por consejo nuestro, y serás fuerte por sabiduría, ciencia, caridad, piedad, inteligencia y finalmente sentirás, más que nunca, temor de Dios".
Y desde entonces, yo recuerdo en este tiempo y en esta generación, ahora que he alcanzado los treinta y tres años en la séptima prueba de la humana gente. Y aquello que yo vi y relaté, todavía relataré, porque es verdad que mi alma comenzó a sentir tanto calor como yo bien recuerdo que debía acontecer en este tiempo.

Dentro de mí oigo claras palabras que hacen vibrar mi alma y que me dicen:
"Este es el tiempo, hijo del cielo, este es.
En ti está el Espíritu Santo, actúa porque Su Voluntad ha llegado.
Bendito, bendito tú seas eternamente".
Ahora, la actual generación humana está a las puertas del año 2000.
La espera trágica de esta fecha se pierde en la atmósfera caldeada por la actual civilización y mientras esta generación se sumerge cínicamente, con todos sus defectos morales, en la orgía fatal de las conquistas materiales, las Lágrimas del Sol, vagando por el espacio producen en la mente de los señalados conocimientos, que, aún cuando extraños e irreconocibles les puedan parecer a otros, no lo son para aquellos que comprenden el altísimo valor esotérico.



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