
COMUNICACIONES A CONECTAR
El cuerpo astral iba poco a poco materializándose. Un ligero estrato de sutil materia gelatinosa se condensaba en torno a la pineal, formando un cúmulo de forma cónica desarrollándose por detrás. También sobre la columna se realizaba tal desarrollo (véase dibujo). El eterno masculino se desdoblaba del eterno femenino. Las facultades angélicas iban mutándose lentamente. Quedaban solamente las facultades telepáticas, medio de comunicación originario. Los medios que habían, científicamente tutelado, sus angélicas cualidades habían sido destruidos y tragados por la tierra en movimiento y, ahora, estaban obligados a soportar un ambiente totalmente diferente del lugar de origen y debiendo necesariamente sufrir la intervención de los agentes vitales de aquel ambiente densamente material.
Todas sus características, físicas, psíquicas y biológicas, por este motivo principal, padecieron un inmediato, aún si aparentemente lento, mutamento. La pineal se atenuaba, cada vez más, asaltada por un crecimiento de materia gelatinosa, siempre más voluminosa, mientras la androgeneidad había desaparecido completamente. A medida que la astralidad era cubierta por la materia, la luz radiante iba disminuyendo lentamente.
Y, he aquí el Homo sapiens. El primer Rey viviente del planeta Tierra estaba listo para volver a comenzar la ascensión hacia el paraíso perdido. Un nuevo Arcángel, con una escuadra de Dioses y de Ángeles había tomado el mando de sus destinos, condenados a los más duros sacrificios y a las más penosas renuncias. Empezaba así el descuento de un grave delito hacia Dios-Creador. Cristo era el nuevo Regente de la tierra y con Él la escuadra de los Ángeles que habían quedado fieles a la Ley Divina. Pero, Lucifer, no se había resignado. Su dominio no había decaído del todo. El tormento lo perseguía volviéndolo todavía más rebelde de cuanto había sido. Él era un Arcángel y, aún cuando, castigado y derrotado seguía siendo el jefe patronímico de los Ángeles caídos y vueltos hombres. Todavía podía luchar e intentó hacerlo escondiendose, con fina astucia, en la naciente materia de los cuerpos de aquellos que por su culpa, iniciaban el gran descenso hacia el abismo de la densa materia. Pero, Cristo, antes que él había establecido su morada, con todo Su Divino Amor, en el corazón de aquellas Criaturas haciendo Suyo su dolor y sus esperanzas de perdón y de ascensión hacia DIOS.
Así comenzó la gran lucha del hombre entre el bien (Cristo) y el mal (Lucifer). Ahora, el hombre primitivo se encontraba completamente en el plano físico.
La aparición de los dos sexos desarrolló en él tres nuevas fuerzas: el amor sexual, la muerte y la reencarnación, agentes energéticos de asociación, de disociación y de renovación.
Ahora estamos en el período Atlantídeo. La generación amarilla a oriente, en pleno Pacífico, antes de ser mar, poblaba en plena prosperidad el gran continente Mu. La raza blanca prosperaba en los continentes nórdicos del planeta, mientras la negra se multiplicaba con mayor dificultad, en algunas zonas de África meridional y central, por estar éstas cubiertas de bosques, difíciles y llenas de ferocísimas bestias.
Yo, he vivido gran parte de mis existencias en las tribus de los hombres-rojos, mejor señalados con el símbolo del Rig que, traducido literalmente, quiere decir: "Sabiduría". En aquel tiempo la Atlántida escuchaba... escuchaba siempre... ahora sólo oía el silencio... Entonces, replegada sobre sí mismo, se volvía sonora como las caracolas de los mares. La noche, comenzaba otra vida para el Atlante, una vida de sueño, de visión, un viaje a través de mundos extraños. Durante el sueño, no veía la forma material, sino su alma, separada del cuerpo, que se zambullía en el alma del mundo. Cuando se despertaba, de los sueños, el Atlante tenía la certeza de haber vivido en un mundo superior y de haber hablado con los Dioses. Así en aquel tiempo primitivo, la noche y el día, la vigilia y el sueño, la realidad y los sueños, la vida y la muerte, el aquí y el más allá se mezclaban, se confundían para el hombre en una especie de sueño traslúcido que se desarrollaba al infinito.
Mientras, otros tremendos cataclismos habían descompuesto el mundo. El gran continente Mu, reino de la raza amarilla, era literalmente destruido por un enorme descenso de la corteza terrestre e invadido por las aguas que apremiaban fortísimamente. Algunos continentes nórdicos, también ellos sacudidos por violentísimos terremotos y pavorosos hundimientos, empujaron a la emigración, hacia centro Europa y norte de América, a gran parte de los sobrevivientes. El continente Atlantídeo era despedazado en varios puntos. La tierra se movía como una hoja a merced del viento. Los Atlantes, llenos de pánico y de temor ante la invasión de las aguas que apremiaban violentamente por el norte y por el sur, se refugiaron en las altas montañas de América central y meridional. Otros quedaron en las alturas de la Atlántida, todavía otros se desplazaban hasta alcanzar las costas occidentales de África septentrional. Un suceso que había sobresaltado el alma de todos se había verificado antes de que aconteciese el cataclismo. El sol se había vuelto más resplandeciente que nunca, desde su vivísima luz, había tomado forma una gran, inmensa Cruz, una Cruz luminosa en la inmensidad del espacio, y que había, por un instante, despertado un atávico recuerdo, un terror, una culpa, una maldición. Aquel signo, desde entonces, lo recordaron para siempre con un sentido de verdad encerrado en un inexplicable símbolo de amonestación.
Ahora había llegado el tiempo de los encuentros. Los hombres de piel roja se encontraban con los de piel blanca y otros con los de piel negra.
Todos venían de un mismo destino, sin embargo se lanzaron los unos contra los otros con inaudita ferocidad. El Arcángel de la Luz, estaba, ahora, en plena lucha con el Arcángel de las tinieblas. Uno dominaba el Espíritu, el Otro la materia. Una divina dualidad controlaba los espíritus llevándolos ahora hacia el odio, ahora hacia el amor.
El mal y el bien habían entrado en el ciclo de la lucha común hacia las experiencias supremas de la gran ascensión. La lucha del cielo se reflejaba sobre la tierra.
Mientras tanto, los cruces de las tres razas daban a la luz otras razas mucho más inteligentes y que debían, a su tiempo, devenir los elementos formadores de una raza elegida.
Esta fue la obra de la raza blanca con la Atlantidea, cepa común de los Semitas, y de los Arios en los cuales las varoniles cualidades de la razón, de la reflexión, del juicio debían dominar sobre todas las otras. Pero para desarrollar tales facultades, era necesaria una gran disciplina y una vida aparte, separada de las otras razas.
Los caudillos, arrastraron a la raza blanca hacia el este y norte. La meta final de este éxodo, que duró siglos y milenios, debía ser la región de Asia.
Sobre aquellos altos altiplanos de aire saludable, fuera de los ataques de las otras razas, a los pies del Himalaya, se formó la civilización Ariana. Más alla, posteriormente, emigraron los diferentes grupos de la nueva raza, destinada a gobernar el mundo, raza Indo-europea:
Arios de la India, Iranios, Escitas, Sarmientos, Griegos, Celtas y Germanos así como los primitivos Semitas de Caldea.
Había llegado el tiempo de los grandes mutamentos. Los Dioses habían tomado plena posesión de todas las directivas. Estos aparecían en nubes de fuego y su lenguaje no tenía nada de terrestre. Tenían sobre la tierra sus mensajeros a los que daban enseñanza de cómo debían conducir a los hombres. Los mensajeros de los Dioses podían recibir las revelaciones, porque, a su vez, eran los más perfectos entre sus hermanos los humanos. Se podían llamar espíritus superiores con trajes humanos, pero su verdadera patria no era la Tierra. Atum, Sow, Niot, Osiris, Isis, Shet y Nebtho eran Angeles, los hermanos que quedaron sobre la tierra por orden del Altísimo.
Y, finalmente, el último gran cataclismo que debía destruir, para siempre, el gran continente de la Atlántida para dejar sitio a las crecientes aguas de los dos polos.
con este terrible desastre geológico desaparecieron los últimos restos de la raza atlantídea vuelta viciosa, débil y practicante de la magia negra.

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