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[Aquila]

EL DESTINO DEL PLANETA LUZ
YA ESTABA MARCADO

El terrible monstruo desintegrador, lo devoraba todo con feroz voracidad.
Los hombres-ángeles, rebeldes a las inmutables Leyes del Cosmos, habiendo querido imitar al Absoluto en el arte de la creación eterna, habían dado vida a una terrible criatura, monstruosamente sedienta de un irrefrenable instinto anti-cuerpo. Su cuerpo, formado de energía en caótica desarmonía, crecía rápidamente, transformando cada cosa que encontraba a lo largo de su lento, pero desastroso camino, en otra tanta caótica energía para alimento y crecimiento de su cuerpo y de sus maléficos instintos. Invulnerable, el monstruo de cabeza de hongo, era el único patrón incontrastable del destino del planeta Luz.
Ahora ya no había salvación y era necesario huir, huir lo más rápido posible antes que aconteciese, por parte del monstruo desintegrador el ataque a la corteza del planeta y consiguientemente la inevitable consecuencia de la rotura del equilibrio de los yacimientos de materia sensible a la desintegración rápida y progresiva. La desesperación había invadido a los culpables y a los no culpables.
Todos los habitantes de los otros planetas, excluidos la Tierra y Venus, todavía en estado de evolución primitiva con espesa vegetación y habitados por enormes animales, estaban consternados por lo peor, que todavía debía verificarse. Los Hombres-Ángeles del planeta Luz, con tal injustificable pecado, habían marcado el destino de un mundo que había sido la cuna de una suprema felicidad inmortal y paradisíaca.
Desheredados de Dios y de los perfectos pueblos de los otros planetas, los hombres-ángeles rebeldes enviaron patrullas explorativas sobre el satélite del planeta Tierra. Con potentísimos aparatos espaciales, exploraron, además del satélite terrestre, la Tierra y Venus.
Anotaron las pocas dificultades, superables por medio de sus equipos científicos, y retornando consideraron que era posible un refugio temporal en aquellos nuevos mundos.
Así iniciaron la gran obra para la completa evacuación del agonizante planeta. Muchísimas criaturas angélicas no culpables, con la buena intercesión del Regente AMON eran llevadas por seres angelicales de otros mundos y substraídas a aquellos que, con su rebelión, habían provocado la ira santa de Dios-Creador.
La noche era límpida. Una gran luminosísima estrella resplandecía radiante en el cielo. Era el planeta Luz. Todas las miradas estaban dirigidas hacia él con una ternura jamás sentida. De repente un inmenso resplandor alumbró el cielo. Una inmensa luz, en forma de Cruz, iluminó las pupilas de todas las criaturas del Reino de Amon, desde el primero al último mundo. Una célula del Universo había sido asesinada.
Un Paraíso destruido por los ángeles rebeldes. Lágrimas de dolor se deslizaban silenciosas y dolorosas. El Cosmos había sido herido. "ˇMalditos! ˇMalditos, hasta el día que Yo quiera!". Tronó todavía más potente la voz repetidas veces antes de que el cielo se oscureciese y las estrellas se volviesen color sangre. En aquel mismo instante Atum, Sow, Gebb, Osiris, Isis, Shet y Nebtho, envueltos por una resplandeciente luz se volvieron invisibles a los ojos de los ángeles caídos en la maldición.
Los presentes pudieron observar, no con poco estupor, tal acontecimiento, pero no pudieron darse cuenta de lo que acontecía. La Tierra comenzó a temblar mientras un viento tempestuoso lo elevaba todo en el aire. Los volcanes empezaron a vomitar materia incandescente, las aguas inundaron la tierra; enormes hendiduras se abrían en la débil corteza terrestre. Una visión apocalíptica vuelta terrible por la tronante voz que decía: "ˇMalditos!. ˇMalditos, hasta el día que Yo quiera!".
Los vehículos y todo aparato eran literalmente tragados por la tierra en movimiento y destruidos. La muerte, que ellos nunca habían encontrado, reapareció ante sus pupilas, desmesuradas por el terror. Dios había quitado aquello que les había dado "la vida eterna". Así había iniciado el largo vía crucis de los ángeles caídos.
Ahora ya no tenían ningún privilegio, ni podían pedirlo habiendo cometido una grave culpa. El alba despuntó y los sobrevivientes al apocalipsis vieron al Sol como una masa de pelo encendido. Buscaron refugio en las más altas cimas de las montañas, mientras las invocaciones de desesperado dolor se elevaban al cielo desde todas partes del mundo. Las bestias hicieron estragos devorando cadáveres y persiguiendo a los vivos.
ˇTodo había sido perdido!. Ahora se conocía también el espíritu de conservación, de razón, de lucha, de sobrevivencia, de dominio del uno sobre el otro, de la defensa y finalmente del mal.

A medida que el hombre se desprendía de las formas, originarias y se aproximaba a la perfección corpórea, la separación de los sexos se acentuaba en él.
La oposición de los sexos y la atracción sexual se volvían, en las épocas siguientes, uno de los más enérgicos propulsores de la nueva humanidad ascendente. En el mundo animal como en la humanidad, la irrupción del sexo en la vida, el nuevo placer de crear en dos, actuó como una nueva bebida embriagadora. Algunos hombres, todavía cogidos por la torpeza psíquica, se acoplaron con animales dando vida a las especies simiescas, degradación del hombre primitivo, empujado por el irrefrenable aturdimiento sexual. un flagelo espantoso se abatió sobre el planeta. Lucifer no había perdido el tiempo.
Del desorden de las generaciones salieron todas las malas pasiones: los deseos sin freno, la envidia, el odio, el furor, la guerra del hombre contra el hombre.
Mientras tanto un desastre era inminente.
Un cataclismo destruyó una gran parte del continente Lemur. Formidables sacudidas sísmicas agitaron, de un punto a otro, la Lemuria. Los innumerables volcanes comenzaron a vomitar torrentes de lava. Nuevos conos de erupción surgieron por todo el suelo, lanzando fuera lenguas de fuego y montañas de cenizas. Mientras tanto la flor de la raza de los Lemures se había refugiado en el extremo occidental del continente devastado. Desde aquí, los supervivientes, alcanzaron la Atlántida, la tierra virgen y verdosa, emergida, desde hacía poco, de las aguas en donde debía desarrollarse una nueva raza humana.
Mientras tanto en oriente, donde al origen habían encontrado temporal refugio en el común intento de salvación. otros Hombres-Ángeles, fugitivos del planeta Luz a punto de explotar, también habían sufrido las mismas aventuras, volviéndose la raza amarilla. También otros, por el mismo motivo, refugiados en la actual Groenlandia, se volvieron la raza blanca-rubia y otros, finalmente establecidos en las zonas tórridas, la raza negra. Todos habían sufrido la metamorfosis del astral al físico, padeciendo variaciones con relación a los agentes que actuaban en aquel determinado lugar en el que se encontraban en el momento de la tragedia inicial y que los había llevado a ocupar la tierra y reagruparse en diferentes puntos del globo, en donde consideraron más segura la estancia.
El hombre, gota trémula de luz venido del Edén de un mundo destruido, comenzaba de nuevo el camino de un sendero que Dios le había asignado como pena y expiración de su grave culpa.



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