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[Aquila]

ANTES DE LA REBELIÓN

Los cuerpos de los Hombres-Ángeles estaban constituidos por tres partes de Astral y una parte de materia. Su presencia era de luz radiante. El espíritu regente de Lucifer, representante y jefe patronímico de toda una clase de Hombres-Ángeles y de espíritus del planeta Luz, era aquel que, entre los Arcángeles, había lanzado la más penetrante e intrépida mirada en la sabiduría creadora de Dios. Era el más fiero y el más indomable. No quería obedecer a ningún otro Dios, excepto a sí mismo. Los Hombres-Ángeles, los únicos habitantes de aquel planeta, habían alcanzado un cuerpo astral-físico radiante y reunían en perfecta armonía el Eterno Masculino y el Eterno Femenino, creándose de nuevo a sí mismos, con el proceso inmortal del amor divino. Éstos, tenían el amor, la radiación espiritual, sin turbación y sin deseo de posesión egoísta, porque eran astralmente andróginos.
Lucifer había comprendido que para imitar a Dios en el arte de la creación necesitaba desarrollar, en el Hombre-Ángel, el deseo de tal arte. Inició así la seducción.
Una enorme multitud de Hombres-Ángeles se dejó seducir, inflamándose de gran entusiasmo. El deseo de crear como Dios, los empuja a manipular los elementos cósmicos en el intento de inducirlos a la obediencia absoluta. Los Arcángeles y todos los Elohim de los otros planetas tuvieron la orden de impedir el descabellado designio, puesto que semejante obra habría puesto el desorden en la creación y roto la cadena de la jerarquía divina y planetaria. La lucha ardiente y larga que se empeñó entre la armada del Arcángel rebelde con sus semejantes y sus superiores terminó con la derrota de Lucifer y sus Hombres-Ángeles.
He aquí, por primera vez en la historia del Hombre, el drama de su Divina epopeya.
Atum, Sow, Gebb, Niot, Osiris, Isis, Shet y Nebtho, por deseo del Absoluto, aún habiendo quedado los más devotos a las Leyes del Altísimo, debieron quedar con los rebeldes y unirse a su destino.
Mientras tanto todo estaba listo. Enormes transatlánticos iniciaron el ir y venir entre el planeta Luz, la Tierra y Venus. Durante cuarenta larguísimos días y noches, miles y miles de aparatos surcaron el gran espacio. Criaturas de diferentes razas, animales y cosas fueron transportados y colocados en los puntos preestablecidos de la Tierra y de Venus.
Sobre el planeta Luz, el monstruo desintegrador había atacado la corteza de aquella célula Universal en busca de los elementos sensibles a la naturaleza de su cuerpo, vuelto monstruosamente grande. Ahora la coyuntura estaba próxima.
El mundo agonizante, entre las espiras de la bestia, había quedado sólo con el destino como los Hombres-Ángeles rebeldes, rebeldes a las Leyes de Dios-Creador, habían sentenciado creando el mal en lugar del bien que sólo Dios y solamente Él podía crear.
Desde la Tierra y desde Venus, la mirada pensativa de los rebeldes estaba dirigida hacia el Paraíso perdido. Por primera vez encontraron la tristeza, un sentido que hacía sufrir y que nunca habían conocido. Mientras tanto sobre el planeta Tierra y sobre Venus la ciencia preparaba todo según el nuevo estado de cosas y con el sentido de la inmediata emergencia. El terrorífico rugido de las enormes bestias asustadas les daba otro sentido que nunca habían conocido: el miedo.
Barreras de protección habían sido dispuestas de forma científicamente segura. Los ojos de muchos estaban bañados de lágrimas; otro hecho nuevo que no habían conocido antes: la conmoción del alma, el intenso dolor. Bharat, ángel justo en medio de los injustos, iluminado por la Consciencia Universal, era el único que comprendía el grave castigo ejecutado por Dios. La grande y terrible caída ya se había inciado con la pérdida del paraíso. Él lo sabía todo y estaba con ellos por un cometido Divino que debía absolver en el tiempo con la colaboración de Atum, Sow, Gebb, Niot, Osiris, Isis, Shet y Nebtho vueltos rectores de los elementos de la nueva vida. Todo parecía tranquilo y durante la noche todos estaban con los ojos húmedos por el llanto en espera de cualquier cosa que debía suceder. Y, he aquí, una potente voz llegada de la profundidad de los espacios: "ˇMalditos! ˇMalditos hasta el día que Yo quiera!".



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