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NOTIZIE SULLA REALTÀ EXTRATERRESTRE  -  NEWS ON THE EXTRATERRESTRIAL REALITY
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[Aquila]

EL GRAN MAESTRO
ASÍ SE EXPRESA

Desde los lejanos caminos del Cielo se movieron espíritus elegidos y, aterrizados sobre los montes de la Atlántida, llevaron sobre la tierra toda la sabiduría del Eterno Padre de todos los Cielos.
En ellos estaba el Paraíso, en ellos se representaba el Orden Universal, en ellos era copiosa la Gran Consciencia de la primera Semilla de todos los conocimientos visibles e invisibles. Ellos fueron la mano benigna de la Luz Divina y por medio de ellos Dios operó desde el gran Logos que emana la Linfa de la Vida, del raciocinio del Bien infinito. Ellos fueron llamados "DIOSES SOLARES" y en su honor el pueblo adoró a su primer, verdadero Dios: el UNIVERSO, la gran Consciencia que crea con Su Eterno Amor y que ilumina los senderos infinitos de los SIETE CIELOS.

El tiempo se perdía en el infinito, centenares de millones de años transcurrieron desde la primera alba de la humanidad en este mundo. Nadie estaba en condiciones de recordar la pasada generación. Hubo, en aquel tiempo Atlantídeo, hombres de belleza Divina, llegados de un mundo lejano con platillos volantes encendidos, semejantes al gran Astro Solar. Estos edificaron el Reino de Dios sobre la tierra dando al fuerte pueblo Atlantídeo una sabiduría capaz de alcanzar las más altas metas del desarrollo espiritual y material. Fueron ellos los Seres Divinos de la dulcísima mirada. Maestros del arte Universal, conocedores de profunda ciencia, doctos en el arte de lo visible y de lo invisible. Ellos fueron adorados como Dioses Solares y para ellos se edificaron templos de maravillosa belleza.
Los Atlantídeos vivieron bajo la enseñanza de estas Divinidades venidas del espacio profundo de los cielos y, en breve tiempo, gran parte de aquel pueblo se volvió el más potente y el más rico de la tierra.
El secreto de las más predilectas iniciaciones fue reservado para aquellos que luego debían volverse los herederos de las Virtudes Celestes.
Este primer período que duró miles y miles de años estuvo caracterizado por acontecimientos grandiosos. La ciencia, el arte y el comercio tuvieron un gran y floreciente desarrollo, mientras la ética de aquel pueblo alcanzaba metas tan altas como para poder parangonarse a la ética perfecta del espíritu.
Grandes Metrópolis nacían, por doquier, con arquitectura de incomparable belleza artística, admirables por sus grabados de oro incrustado, que los Divinos habían construido con gran facilidad, con su atávico arte.
Una de estas grandes Ciudades surgía en una meseta al Nor-Este de la actual isla de "Cabo Verde". En un promontorio de esta gran metrópoli se mostraba, majestuoso, el más grande y rico templo de todos los siglos. Todo en oro, estaba rodeado de jardines inmensos y olorosos, y de mil otras bellezas. Residencia del Jefe Espiritual del gran pueblo Atlantídeo, fue meta de aquellos que tuvieron la fortuna de aprender con amor la Sabiduría Divina y las enseñanzas de Su gran obra.
Las numerosas caravanas iban y venían, partiendo ahora de las costas Africanas, ahora de las costas Americanas. El comercio se extendió hasta la baja Europa Sud-Occidental (actual Portugal, Francia, Alemania).
EL PARAÍSO DE DIOS se había, en aquel tiempo, establecido sobre la tierra.
Una gran colonia fuerte y próspera se desplazó hacia Oriente, edificando una gran metrópoli en el bajo Nilo (actual Egipto) convirtiendo estas tierras en zonas riquísimas, alargando su dominio, cada vez más, sobre las vastas y desiertas extensiones del alto Egipto y de África sud-oriental y sud-occidental. En esta última zona se edificó el Templo de las Tres Puertas de oro, llamado también el Templo de la Sabiduría.
El desarrollo de las cualidades psíquicas de aquel pueblo se volvió tan potente que les concedió las facultades, más amplias, de la potencia espiritual.
El constante equilibrio espiritual-corporal fue una educación asidua y vigilada de aquel pueblo ya en el vértice de la evolución.
La ciencia de la alquimia, exclusivo domino de la Casta Sacerdotal de los Dioses Solares, quedó un secreto para el pueblo, y todavía hoy los hombres se apresuran, vanamente, en volver este arte privado de misterio.
En este primer período el Imperio Atlantídeo tuvo un radioso, pacífico y próspero desarrollo. Pero el final del primer período debía ser marcado por un fatal acontecimiento que el tiempo había, poco a poco, madurado; Una vez más la superficie terrestre comenzó a temblar, abriendo enormes abismos; otra vez África y América se desgarraban, alejándose. Duró mucho tiempo la trágica, aún cuando, lenta deriva de los dos inmensos pedazos de tierra. Los abismos se volvían, cada vez, más anchos permitiendo a las aguas penetrar y agrandar sus dominios. Las partes más bajas de aquella tierra eran invadidas por las aguas. El Sur de aquel gran Continente se volvía un grupo de grandes islas rodeadas por la prepotencia de las aguas en continuo acecho. Tales acontecimientos que marcaron el fin del primer período Atlantídeo y el inicio del segundo período, arrojaron el desorden y la desesperación en aquel paraíso que los hombres habían construido.
Muchos fueron los que en previsión de lo peor se refugiaron en las costas de África Oriental, volviéndose, forzosamente, presa del pueblo de piel color bronce y sometidos a sus costumbres diferentes y extrañas.
Poseidón resistió tenazmente a la continua propagación de la involución de las almas en presencia de las exhibiciones sensuales que ya habían corrompido a gran parte de aquel pueblo, extendiéndose rápidamente hacia el Centro y hacia el Norte.
Sectas secretas nacían por todas partes, teniendo por jefes a mujeres despreocupadas en moral y en cuerpo, atenazando al ingenuo y puro elemento que, por mera aventura, venía en contacto con estas sectas. La intervención de los iniciados no valió para truncar la ya monstruosa degeneración físico-sensitiva.
Luchas sangrientas se sucedieron a lo largo del tiempo, poniendo bajo el azote de la destrucción aquel ardiente lecho que los Antepasados llamaron: PARAÍSO TERRESTRE.
Pero la gran voluntad del Viejo Anciano de los ánticos días dió al mundo la iniciativa de poner fin a la continua expansión de los tremendos vicios degenerativos.
Aconteció que la gran Groenlandia, entonces unida a los actuales Continentes Nor-orientales (Escandinavia) y Nor-occidentales (Alto Canadá) barrera natural a las apresuradas aguas del Norte, comenzó a dar señales de movimiento, provocando inmensos abismos, cada vez más amplificados por el continuo movimiento migratorio. Las aguas, consiguiendo encanalarse a través de aquellas enormes hendiduras, se precipitaron hacia el Sur, provocando las inundaciones del alto Atlantídeo y sumergiendo gran parte de aquel territorio, por su naturaleza muy bajo y mucho más bajo del nivel de las aguas nórdicas.
Groenlandia abrió las puertas y a medida que ésta iba a la deriva, las aguas furiosas e incontenibles, invadían, cada vez más, el Continente confluyendo con las aguas del Sur.
De la Atlántida sólo quedaban algunas islas, esparcidas acá y allá en el inmenso Océano Atlántico actual. Muchos perecieron y otros escaparon al fatal destino. Ahora el mar se había vuelto patrón de la tierra más rica del globo.
Todavía pasaron miles de años y la gran isla del Sol, Poseidón, se volvió fuerte e incansable en la obra del espíritu y de la Sabiduría Divina, resplandeciente, más que nunca, como queriendo decir a los hombres perdidos que Dios, enojado por la obra nefasta que habían emprendido, había permitido a las fuerzas de la materia y de los elementos realizar destrucción y muerte. Muchas fueron las ovejas descarriadas que volvieron nuevamente al arte de la paz y del espíritu. Las islas se repoblaban y durante largo tiempo la paz reinó soberana con la prosperidad, la cordura y el amor hacia el espíritu. Pero el arte de la guerra había vuelto brutos a gran número de hombres que privados, ahora, de sensato amor al prójimo, afilaban las armas en las alturas de las costas Americanas del Sur presa de delirios hostiles y sanguinarios. Los ataques continuos y salvajes sometieron a sus leyes sanguinarias a gran parte de aquel pueblo que había vuelto a las leyes atávicas de los ánticos Maestros venidos del Cielo.
Pero la lucha, aún cuando tremenda, fue contenida durante muchos años lejos de la gran isla de Poseidón, Isla Sagrada en donde el Templo forrado de oro resplandecía como un sol centelleante. La suerte fue adversa y las orgías salvajes y embrutecedoras del arte de la guerra obligaron a rendirse al ya diezmado pueblo Atlantídeo. Muchos huyeron hacia Oriente (actual Egipto) llevando con ellos la historia inmortal del mundo y de los más excelsos conocimientos del arte Divino del Espíritu.
Los invasores, ocupadas las islas, instituyeron sus templos de sangre y de horror persiguiendo a aquellos que quisieron, a pesar del supremo sacrificio, gritar todavía su fe en el arte Celeste.
Al mismo tiempo, también los morenos y algunas tribus rubias realizaron alianzas con los conquistadores de las islas.
Las orgías continuaron en la rociada lujuriosa de incontenible bajeza, edificando la más pobre de todas las involuciones de todos los tiempos.
Los fugitivos que tuvieron por meta las grandes extensiones del Nilo, volvieron a encontrar a sus hermanos, ya, desde hacía tiempo dueños de aquellas tierras, encontraron asilo y, juntos, instauraron los grandes principios que la suerte adversa había puesto a dura prueba.
Se volvieron poderosos y, esta vez, armados y prudentes ante eventuales acometidas de los, ahora, enemigos.
Las islas conquistadas se habían vuelto meta de comitivas de sanguinarios y de seres impetuosos y salvajes. El delirio del sexo, de la lujuria, del materialismo y del sensualismo drogado había debilitado toda iniciativa suya, titubeando, como locos en sus propias amarguras.
Algunos iniciados intentaron, con el precio de su vida, convertirlos, pero inútilmente ya que el fango los había hundido y arastrado.

En este periodo nació el suscrito en una familia iniciática, masacrada por una turba de asesinos fanáticos. Tuvo amparo, todavía pequeño, en una secta secretísima, en donde creció instruido por la Palabra dulcísima de los Maestros de la apacible mirada (véase relato aparte).
Un profeta, que tal parecía ser pero, en verdad era un Divino del Sacro Consejo de los Cielos, había dicho: "ˇDespertaros, despertaros!. El Paraíso sobre la Tierra se ha perdido por culpa vuestra".
Nadie lo había creído y cuando lo sacrificaron a las más terribles torturas, sin que él expirase, aún teniendo el cerebro fuera de su sitio... la tierra tembló y el Cielo se oscureció en un huracán espantoso.
El tiempo ya había marcado el fin, y este llegó como un rayo.
Las islas, por lo que yo sé, se hundieron sumergiendo a millones de seres reos de haber, con su inaudita despreocupación, desobedecido a Aquel que, sobre la Tierra se había dignado dar el semblante, el aliento y la linfa del orden y del amor imperecedero y eterno de los Cielos.
Así tuvo fin el grande y poderoso Reino de los Atlantídeos que la historia ha ocultado en el abismo del tiempo y en las alas del espacio donde el hombre roza con su alma, con su inteligencia y con su amor un pasado que, a pesar de su ignorancia, le pertenece.



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