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[Aquila]

25. Los que llevan el sol en la frente

La iniciación de Eugenio Siragusa en la isla Poseidón, se llevó a cabo a temprana edad. En aquel entonces se llamaba Barath. En su actual vida recibió el conocimiento al cumplir los 33 años. Parte del proceso de iniciación es la historia que narra la mutación del Planeta y el desplazamiento del iniciado estudiante desde Poseidón a Egipto, donde fue reconocido como el «Tres Veces Grande». Hoy han cambiado el escenario, los decorados, los vestidos; pero el personaje es el mismo. Ayer Barath, hoy Siragusa, pero el relato es idéntico.
El discípulo Barath se vio trasladado a un paraje de construcciones megalíticas, con enormes jardines, en una ciudad alta sobre el nivel del mar: La antigua Poseidón.
Un día de sol, llegó a la ciudad un anciano viejo y barbudo que reunió a las gentes en torno suyo, delante de la gran superficie ajardinada del templo y dijo:
- Así fue, así será, hasta la séptima generación, y ésta es la quinta generación.
El estudiante le escuchaba con ojos abiertos y mente despierta. El anciano añadió:
- Pasará el tiempo y pasará desgraciado hasta que el hombre Eterno venga del cielo, como ya sucedió antes de que los padres de vuestros padres naciesen, para juzgar las culpas cometidas por ellos. Lo que entonces sucedió, sucederá dos veces más sobre la tierra. La última será la séptima.
El estudiante se sentía atraído por el discurso del anciano. Comprendía que decía verdad y le produjo una profunda admiración.
- Siete veces todo hombre vendrá sobre la Tierra. Ninguno recordará haber nacido antes de ahora. Siete son las generaciones que durará. Después deberá acabar sobre esta Tierra y vosotros sois la quinta generación. Siete son la escrituras del cielo y toda generación no tiene más que una por voluntad de Dios. Esta vuestra es la quinta. La séptima será la última prueba. Después vendrá el juicio final.
La muchedumbre se iba aglomerando en torno al anciano y a medida que le iban escuchando iban perdiendo la paz. Pero él, impasible, continuó hablando con voz poderosa:
- Vosotros sois la quinta generación y la semilla de la sexta nacerá de vuestro final. Así está escrito en el gran libro del cielo. Y entonces sucederá que el Hombre eterno, Dios, vendrá sobre la Tierra como sol esplendoroso del cielo, para mostraros su gloria y el poder de su reino, que es reino del espíritu Eterno. Muchos de vosotros se convertirán en fuerzas del mal, sentirán terror, pero no se modificarán, no se apartarán de sus propósitos. Ni siquiera se arrepentirán los nacidos, porque el maléfico arte de los padres, permanecerá fuera de la furia de las aguas, inmune al desastre.
Las turbas, por momentos fueron inquietándose y se oía su murmullo subir. El estudiante escuchaba también lo que las turbas decían del anciano. Al fin y al cabo el anciano era de aspecto físico como ellos. Así que no le creyeron. En secreto, por corros, comenzaron a sentenciarle, juzgarle y formar un plan para eliminarlo puesto que les había profetizado tan fatal destino.
Mientras hablaba, las turbas, animadas de malvados propositos, lo apresaron y lo llevaron a otra parte de viva fuerza.
El estudiante era demasiado joven, recién salido de la adolescencia, estaba solo y no hubiera podido hacer gesto alguno útil al anciano. Siguió a la gente que se llevaba al anciano.
Lo llevaron a un campo lleno de flores abiertas al sol y comenzaron a practicar con él lo que habían sentenciado en su corazón. El anciano no dio signos de impaciencia ni los maldijo. Se sumió en la sabiduría de su alma y de su corazon y no hizo signo alguno de rebelión, ni sus ojos se dilataron por el miedo. Sin embargo siguió hablando con voz poderosa, que se escuchaba desde todos los parajes de la ciudad:
- Vendrá el tiempo en que yo me sentaré entre los Siete Jueces del cielo, por voluntad de Dios, y os leeré, una por una vuestras culpas. Y tal será el juicio que vuestra raíz permanecerá en la Tierra y quien hubiera pensado hacer mal en mi cuerpo, lo verá practicado en su raíz ante la faz del mundo, hasta que Dios quiera, con igual fuerza y medida. Arrepentíos porque todavía es tiempo.
Las turbas se enfurecieron con el eco de su voz y no pudieron ni siquiera frenar su instinto. Los hombres, enloquecidos, hurgaron en el cerebro del anciano, buscando a quien había hablado en su nombre. Pero buscaron en vano. Y el hombre sabio, con la cabeza desprendida del cuerpo, permanecía como al principio, más vivo en apariencia que los que se hallaban en torno suyo cometiendo el delito. Los que habían actuado primero, se volvieron irreconocibles y ya no hablaban como humanos, privados de toda conciencia. Sus ojos giraban en sus órbitas como el viento, alucinados.
El hombre sabio, su voz, volvió a hablar:
- Habéis visto lo que no es dado ver a los mortales en vida. En el futuro del tiempo, obrará Dios en vostros, y en aquellos que germinarán de vuestra raíz, la misma acción, pero vosotros no lo podréis saber porque así será querido por Dios.
Después de haber dicho esto, sin la cabeza y a la vista de todos, comenzó a caminar. A la vista del hecho, la multitud se turbó y huyó despavorida en dirección contraria a la que había traído. El estudiante también se sintió conturbado con lo que veía, pero al mismo tiempo sentía una gran emoción al comprobar en su interior que cuanto decía era verdad. Así que se quedó solo a su lado cuando todos hubieron huido.
El anciano, al ver al joven, se detuvo delante de él y con un acento amoroso en su voz le dijo:
- Ven, pequeño mío, porque en ti vive lo que vive en mí.
Al oír estas palabras, los ojos, el corazón, el alma y todo el cuerpo del joven se encendieron. El anciano añadió:
- No te inquietes por lo que has visto, ni te indignes, porque lo que sientes en tu alma ya lo ha sentido Dios, mucho tiempo antes, y El dará el mismo dolor.
El estudiante, entonces, se atrevió a preguntar:
- ¿Quién eres tú que siembras tanto dolor y tanta tristeza en mi alma?
Y el respondió:
- Yo he venido a la Tierra como "Enlace de Dios", por voluntad suya. Yo no tengo nombre y no soy como tú. También tú posees aquel que yo poseo por voluntad del Espíritu Santo. Aquel que tú sientes en tu frágil pero gran conciencia, es el que reina eternamente en el cielo, donde tus ojos no podrán ver.
Después añadió:
- Ahora yo te dejaré y pasará mucho tiempo antes de que tú puedas sentir el calor de tal verdad en tu alma. Pero te digo que en el tiempo en que hayas retornado entre los hombres de la séptima generación y cuando hayas cumplido los 33 años, yo estaré en tu alma y en tus pensamientos, y te daré pruebas de que ha llegado aquel tiempo, porque querré hablarte de tantas cosas... Es también oportuno que sepas lo que deberá suceder en breve tiempo, a fin de que reconozcas el camino justo y puedas aconsejarlo. Sucederá que el sol se volverá más grande y mucho más resplandeciente de como ahora lo ves. Peró que esto no te turbe el alma, porque nada arderá con fuego ardiente. Cuando observes esto, tu muévete en dirección a Oriente. Paso a paso, tu alma será dirigida por los largos senderos verdes que en el tiempo deberás recorrer. El camino será largo, guiado y aconsejado. Al final del camino encontrarás a aquellos que sobre la frente llevan el Sol. Allí te afianzarás. Allí pasarás el tiempo restante de tu vida. Acabarás tus días sin padecer dolor en el cuerpo ni mano humana lo tocará hasta el fin. Y cuando dejes tu cuerpo de hombre y vengas al reino de los cielos, desde este reino te haré ver lo que sucederá en la Tierra por culpa de la quinta generación.
Cuando el anciano dejó de hablar, el joven Barath sintió un profundo sueño y apoyando la cabeza sobre las rodillas del anciano se durmió. A la mañana siguiente, cuando se abrieron sus ojos, vio, en el lugar que ocupaban las rodillas del anciano, una abundancia de flores perfumadas todavía. El joven lo buscó por los alrededores, anduvo inquieto durante horas, por el campo. Repentinamente, sintió en su interior una voz que le decía:
- No te fatigues buscando con tanto amor. Ya no soy como tú, porque el Padre me ha llamado hacia sí. Estoy dentro de ti para que tu alma hable y diga lo que yo quiero decir.
El joven estudiante creció y donde quiera que iba, le acompañaba en su corazón el recuerdo y la voz del anciano maestro. Cuando cumplió los 25 años y el sol estuvo en el signo de la Sabiduría, que es el signo del espíritu y también el de la quinta generación, sucedió lo que había sido profetizado por el anciano.
El cielo se aproximó a la Tierra como una amenaza mortal. Las turbas, el rey y los sacerdotes tuvieron un terror infinito y todos gritaron como seres sin sentido. Corrían enloquecidos buscando refugio en el vientre de los montes. Entonces los ojos del estudiante, según le había sido ordenado, se fijaron en el sol. Se había hecho diez veces mayor que su volumen normal. Mientras lo contemplaba, la voz le habló en su interior:
- Es el momento de que emprendas el camino hacia Oriente. Lo que debía suceder, sucederá pronto por voluntad de Dios.
Mientras el estudiante se movía en dirección a Oriente, el sol comenzó a girar como una rueda de carro sobre la tierra seca, y sin que mediara catástrofe alguna, volvió a su órbita y se hizo diez veces más pequeño. El rey, la turba y los sacerdotes no se atrevían a salir de sus escondrijos, por temor a que el sol volviese a salir de su lugar.
Después de muchos días de camino, el estudiante llegó a un bosque. Se dejó caer en reposo, agotado. Y mientras dormía vio a un anciano curarle las heridas con aceite oloroso. En su interior la voz le despertó:
- Hijo, levántate, porque la hora está próxima y este bosque será reducido a cenizas y ninguna cosa volverá a tener vida.
El joven volvió a tomar su camino y todavía transcurrió mucho tiempo antes de que encontrase a persona alguna. Pero un día, al amanecer, vio una gente que venía corriendo a su encuentro desde un monte. La palabra en su interior volvió a cobrar vida y le dijo:
- Mira su frente y tranquilízate, porque ellos son los que Dios librará de la dura suerte. Ellos son la semilla de la sexta generación. Te amarán porque reforzarás en su corazón la verdad del espíritu, que es el reino de Dios.
Cuando las personas estuvieron próximas, el estudiante vio que llevaban en su frente el signo del Sol. Le dijeron:
- Sabemos que llevas en tu alma el Templo de la Sabiduría. Ven, quédate con nosotros y regocija con tu sabiduría espiritual nuestras conciencias.
El estudiante, que esperaba sus palabras como contraseña, les respondió:
- Llevadme al Templo elevado a la gloria del Espíritu porque en verdad que allí iré a albergarme hasta el día en que Dios quiera.
De este modo el estudiante se convirtió en el maestro. Entró en el templo, adoró la gloria del Espíritu Santo y enseñó el benigno valor de su sabiduría al pueblo de aquel lugar.
El estudiante de entonces se llamaba Barath, pero en Egipto fue llamado para las generaciones venideras, Hermes Trismegisto, el «Tres Veces Grande».
Hoy la historia se repite, con otras vestiduras en otra tierra, según le fue prometido, al llegar la séptima generación. El espíritu sigue siendo el mismo.


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