
13. Primer encuentro físico con extraterrestres en Europa
Al comenzar la operación, había tenido lugar en Norteamérica el encuentro físico de los tripulantes de una nave con George Adamski y el encargo de llevar un determinado mensaje a los Jefes de Gobierno de su país.
Aquel punto operacional seguía su curso y volveremos sobre él.
Paralelamente había comenzado otro contacto programado con un siciliano llamado Eugenio Siragusa. Del encuentro de Adamski al de Siragusa habían mediado unos diez años, tiempo exacto que los Hermanos del Espacio habían necesitado para redimensionar la mente y la psique del empleado de arbitrios catanés.
Durante estos años, Eugenio Siragusa, había creado un Centro de Investigaciones denominado «Centro Studi Fratellanza Cósmica». El símbolo del Centro llevaba como prototipo un platillo del tipo de los encontrados y fotografiados por Adamski. Debajo, dos manos se estrechaban fraternalmente y un versículo de Isaías rezaba: «Quiénes son estos que como nube vuelan?»
En estos años, Eugenio Siragusa, había realizado diseños de los continentes perdidos, Mu, Lemuria, Atlántida. Sobre papiros dedicó semanas enteras a realizar diseños que en otro tiempo hubiera sido incapaz de sospechar. En su mente iban apareciendo imágenes de un pasado remoto del mismo modo que surgen las imágenes de la televisión, y el cine. Al amanecer iniciaba su trabajo en un estado de absoluta concentración, como si fuese teleguiado, copiando aquello que se le había hecho ver en estado de relajación o sueño.
Recibió también informes sobre biología, biodinámica y cosmogonía. En su interior sabía que estos acontecimientos parciales tenían un objetivo y también que le acercaban a los Hermanos del Espacio de un modo definitivo.
Eugenio Siragusa sabía que había entrado en un camino sin retomo. Y no porque le hubiesen obligado, sino porque desde siempre él lo había elegido como camino propio. Paulatinamente, esta conciencia iba ascendiendo a los niveles conscientes desde las capas mas profundas de su historia individual; de su ser libre.
Su mujer, Sarina, no lo entendía. Tampoco era comprensible para la mayoría de los paisanos y amigos, aquello que Eugenio Siragusa decía sentir y hacer. En ocasiones tomaba una mochila y subía al volcán Etna para continuar su preparación, fiel a la voz que había comenzado a oír en su interior y que le impulsaba en determinada dirección.
En una de estas ocasiones, Eugenio Siragusa se dirigió a Sarina y le dijo:
Prepárame ropa y algo de comer, tengo que irme al Etna.
- ¿Cómo te vas a ir? Nos vamos a quedar solos ¿No podemos ir contigo?
- No os interpongaís en mi camino. Dejadme ir. Cuando haya aprendido y cumplido lo que debo cumplir, descenderé a vosotros. Estad tranquilos.
Y esa misma noche Eugenio Siragusa partió solo hacia uno de los cráteres apagados del Etna, un cráter gemelo que tiene una pequeña gruta en el fondo entre rocas. Allí se acomodó sobre una manta, con un saco de dormir y pasó, como los viejos ascetas del desierto, como Elías antes de ser arrebatado o cuando viajaba, más de un mes a pan y agua.
Eugenio Siragusa nunca contó a nadie lo que le sucedió en ese mes de aislamiento y soledad, pero cada vez que ha tenido que encontrarse con los Hermanos del Espacio en físico, ha vuelto a aquel mismo lugar en que estuvo aislado. Allí también tendría lugar el primer encuentro físico entre el catanés y los tripulantes de una nave.
Este encuentro fue narrado ofialmente por el propio Eugenio Siragusa en el boletín que el Centro Studi Fratellanza Cósmica publicaba periódicamente en numerosos idiomas, y que se distribuía gratuitamente entre quien lo pedía.
Este es su propio relato, contado en primera persona:
«Mi enseñanza telepática se hizo cada día más intensa. Un día sentí repentinamente la necesidad de subir al Etna. En aquellos días tenía yo un Seat 600-D, que había conseguido vendiendo una finca de un amigo. Yo, que nunca me había dedicado a la venta de fincas. En anteriores encuentros telepáticos se me había indicado que debía subir solo al monte. El dinero que mi amigo me dio por esta gestión, me permitió comprar el coche y salir aquella tarde, una vez caído el sol, en dirección a las faldas del Etna, que miran a la ciudad de Catania.
Mientras ascendía por la carretera que zigzaguea a partir de los 800 metros hasta una altura de 3.000 metros, y ya cerca de la cumbre, tuve la sensación de que no era yo quien guiaba el coche, sino que era una fuerza superior. Iba como teledirigido. Dejé el coche al borde de la carretera, a una altura de casi 1.500 metros sobre el nivel del mar. Después seguí a pie por un sendero que conducía hacia uno de los cráteres menores apagados del volcán. Era una noche estrellada y transparente. Salí de la espesura y alcancé la base del cráter apagado. El cráter tiene una vegetación baja y algunas ericinas diseminadas en toda la ladera. Mis pies se hundían en la lava arenosa dificultándome el avance. Al llegar aproximadamente a la mitad de la ladera escarpada del volcán, miré instintivamente hacia arriba y vi en lo alto de la colina la silueta de dos individuos cuyo traje plateado brillaba bajo los efectos luminosos de la luna llena. Eran altos y de aire atlético, con los cabellos rubios que caían lisos sobre sus hombros. Llevaban unas muñequeras y tobilleras brillantes que parecían de oro. Tenían un cinturón luminoso en la cintura y unas placas extrañas en el pecho.
Viéndolos, mi sangre se heló en las venas. Me sentí inundado de un sudor frío. Nunca las anteriores veces que estuve solo de noche en el volcán, había tenido tal sensación. Hacía once años que esperaba ardientemente este momento, pero el sitio aislado, la oscuridad nocturna, el encuentro repentino, no estimularon precisamente mi valor.
Uno de los extraterrestres dirigió hacia mí un rayo de luz verde, proyectado por un objeto que tenía en la mano, e instantáneamente me sentí recorrido por una sensación extraña que me tranquilizó de súbito, dándome una paz indescriptible. Mi corazón, que al principio parecía querer explotar en el pecho, volvió a latir regular y pausadamente.
Me quedé mirando a los dos seres como embobado. A la luz de la luna pude distinguir sus facciones delicadas y su mirada penetrante, sobrecogedora. Uno de los dos me dirigió la palabra en italiano: «La paz sea contigo, hijo. Te estábamos esperando. Graba en tu mente cuanto te digamos.»
La voz no tenía timbre humano, parecía metálica, como si saliera de un registrador. Me dieron el mensaje y yo intenté retenerlo en la memoria para escribirlo cuando llegase a casa.
Elevando sus manos como en un gesto de bendición, me dijeron: «La paz sea contigo, hijo», y se dirigieron hacia el disco, que se encontraba al lado de uno de los cráteres.
Yo estaba tan estupefacto que no pude articular palabra. Algunos instantes después me repuse del estado de inmovilidad en que había caído.»
El mensaje contenía una invitación a la paz mundial y al desarme nuclear. Este mensaje fue el primero que Eugenio Siragusa tuvo orden de enviar a todos los Jefes de Gobierno del Planeta. Y lo hizo, lo mismo que con los siguientes. En los archivos del Centro Studi Fratellanza Cósmica de Valverde, en Catania, pudimos ver el resguardo de los certificadós que se hicieron en cada ocasión, así como extraer estos párrafos del mensaje que fue enviado a todos los Jefes de Gobierno. Decía así:
«...Con desagrado debemos advertiros necesariamente sobre el peligro de vuestros experimentos nucleares. Nos duele afirmar que nada se podrá hacer para evitar que vuestro mundo sufra un duro golpe de naturaleza catastrófica y mortal. Si queréis que vuestro Planeta no se convierta en el cuerpo doliente de un lejano tiempo, debéis abandonar de un modo definitivo y para siempre vuestros deletéreos experimentos nucleares. Hemos sido encargados para vigilar vuestro destino, porque tenemos confianza en vuestro porvenir. Estad completamente seguros de que si tenéis la fuerza y el coraje para realizar una sólida unión entre todos los habitantes de la Tierra y lleváis a cabo la completa destrucción de los armamentos nucleares, que ahora más que nunca os hacen orgullosamente dañinos y morbosamente agresivos, todo será posible...
Este mensaje que hemos dictado con tanto amor y no menos preocupación, es uno de los más sentidos que hemos transmitido, dada la gravedad de los actos que os proponéis cometer. Hemos hecho mucho y continuaremos haciéndolo para evitar lo peor. Vosotros, gobernantes y hombres de ciencia, habéis elegido el camino más negativo. Sed cuerdos y responsables si queréis sobrevivir. Haced que no sea inútil la condonación celeste que os consiguió Jesús por gracia del Padre Creador...»
Sólo un Jefe de Gobierno se dignó responder a este envío. Fue el general De Gaulle, en la persona de su jefe de Gabinete. El texto de esta carta original, también en los archivos del Centro Studi Fratellanza Cósmica, de Italia, decía así:
«Señor:
Su carta del 30 de abril de 1962, ha llegado al Primer Ministro, general De Gaulle, y me ha encargado acusar recibo.
Os la agradezco en su nombre y recibid mis más distinguidos saludos.
Por el Primer Ministro De Gaulle, el jefe del Gabinete.»
El encuentro de Asthar Sheran e lthacar con Eugenio Siragusa, marcaba una fecha importante en la segunda década del «Programa Saras».
Para Eugenio Siragusa, este encuentro físico, fue la iniciación de una nueva etapa operativa dentro de su programa. Cuando descendió del monte, fue enviado a las gentes con un mensaje concreto que transmitir, y no sólo a las gentes, sino a los poderosos de la Tierra:
«Detened las pruebas nucleares y la carrera de armamentos. Venimos en son de ayuda.»
Curiosamente, los contenidos de este y los posteriores mensajes que le fueron entregados, coincidirían con los recibidos y transmitidos en su día por Adamski.

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