
7. Avistamiento oficial: Alto secreto militar
Tres días después de este nuevo encuentro, Adamski utilizó su contacto de Monte Palomar para transmitir el contenido del mensaje. El encuentro entre Adamski y personalidades de alto nivel político y militar tuvo lugar en una de las dependencias del Pentágono.
Asistieron a esta reunión seis personas: dos altos cargos políticos, dos militares de alta graduación, un eclesiástico desplazado desde Nueva York, un astrónomo y el propio Adamski.
La reunión fue secreta, tanto para la Casa Blanca como para el Capitolio, pero no para la Central de Inteligencia. Este hecho marcaría de modo definitivo todo el proceso OVNI en los Estados Unidos en el futuro.
Adamski repitio verbalmente el mensaje. Los asistentes se quedaron sin habla. Finalmente uno de los militares añadió:
- En la comunicación oficiosa anterior que le hicimos llegar, ya le indicamos que no nos expondríamos sin una prueba definitiva y física.
Adamski le miró, y extrayendo de su bolso interior la placa que le había sido devuelta, dijo:
- Esta es la prueba física que me ha sido permitido traerles. Es el texto íntegro del mensaje que les he transmitido, en un idioma que no me ha sido autorizado indicarles. Puedo permitirles que hagan una copia de la placa, en mi presencia, pero no puedo dejarles la placa, ni concederles cualquier otro tipo de manipulación.
Uno de los civiles que asistían a la reunión y el astrónomo salieron de la sala, una sala de tonalidad ocre en forma hexagonal irregular. Luego regresaron y pidieron al resto que les acompañasen para asistir al revelado de la placa.
Las únicas palabras claras que aparecían al comienzo y al final eran «Saras» y «Orthon».
El eclesiástico preguntó a George Adamski:
- ¿Tienen algún significado la palabra inicial y la del final?
Adamski respondió:
- La inicial es el nombre que ellos dan a nuestro Planeta y la del final es el nombre del emisario que me transmitió el mensaje.
El militar agradeció al empleado su trabajo. Le fue entregada la placa a George Adamski y él se quedó con el ejemplar reproducido. Regresaron a la sala del principio.
Dijeron a Adamski que antes del día indicado decidirían sobre la forma y las personas que presenciarían la prueba.
El representante de la Casa Blanca añadió:
- Se sobreentiende que tanto la reunión como la prueba son estrictamente secretas, y ninguno de nosotros, ni ustedes, podrán revelar la existencia de esta reunión o los acontecimientos que se sigan. Esta entrevista no compromete a nada a las autoridades de los Estados Unidos. Quienes decidan participar en los hechos, lo harán a título personal y aceptarán las consecuencias que derivasen a título individual, sin implicar en ellas ni al Gobierno ni al Ejército de los Estados Unidos.
Adamski y su amigo fueron acompañados al exterior.
Ya era noche entrada y el personal hacía tiempo que había abandonado las oficinas.
El astrónomo subió a su coche comentando a George Adamski:
- Esta vez los tienes atrapados. No saben qué hacer. Menuda tormenta se les viene encima... Mañana lo sabrá el Presidente Truman... Es demasiado grave el asunto.
- Esa no es mi preocupación. Estoy satisfecho porque he cumplido. Me preocupa lo que después de la prueba puedan decidir hacer... ¿Crees que no conocía alguien más esta reunión? ¿Que la conocíamos exclusivamente los siete que estábamos allí?
El astrónomo añadió:
- Es seguro que alguno de los que asistían habrá dejado filtrar alguna información al organismo que te imaginas. Aquí unos nos espiamos a los otros.
George Adamski guardó silencio y miró instintivamente hacía el cielo por la ventanilla del coche. Todo estaba en calma.
El astrónomo le volvió a interrumpir:
- A estas horas, habrán tenido confirmación de los avistamientos que han coincidido con la fecha de tu encuentro en el desierto. ¿Sabes que varios aeropuertos militares han detectado «ecos radáricos» la misma noche del 8 al 9?
- No lo sabía; es una buena coincidencia para ellos.
- Lo único que me gustaría es poder observar en directo la escena que puede producirse el día señalado...
Hacía una noche estrellada. Era la noche del día 12 de diciembre y los norteamericanos habían comenzado ya a soñar con Papá Noel, pero unos cuantos políticos y militares tenían la cabeza hecha un Iío y no podrían conciliar el sueño fácilmente.
La noche de Navidad, para cualquier base militar, suele ser tranquila a partir de las ocho de la tarde, y la base Edwards, en California Oriental, estaba dispuesta a revalidar el título de la vieja canción: «Noche de paz».
El personal habitual de los radares y la torre de control del aeropuerto de la base había sido sustituido esa noche por personal militar. El gesto fue interpretado como una muestra de benevolencia y gratitud de los altos mandos en una fecha tan señalada.
La realidad era muy otra. Se trataba de controlar cualquíer posible filtración desde el exterior hacia el interior de la base y viceversa, para el caso de que realmente se produjera el avistamiento previsto para las doce horas.
Dos horas antes de la cita, tres altas personalidades entraron a la base en coche oficial, dirigiéndose a la sala de juntas.
Las personalidades eran: un alto cargo de una agencia de noticias, un eclesiástico de alta jerarquía de la Iglesia Metodista y un pariente cercano del Presidente Truman, que había presidido, en cierta forma, la reunión en que Adamski presentó sus pruebas.
Permanecieron en silencio hasta media hora antes de la hora prevista. En el mismo coche oficial que les había llevado a la base, se desplazaron hasta la pista situada en el lado oriental. Una vez llegados al lugar, pararon el coche y esperaron.
A la hora señalada, un punto luminoso comenzó a agrandarse en el horizonate. Detrás de él, otros cuatro. Venían en la dirección Este-Oeste a una gran altura. De un modo vertiginoso e imprevisto se agrandaron sobre su trayectoria de caída, como una pelota luminosa que se aproxima precipitadamente al ir cayendo en forma elíptica.
Los tres espectadores se sobrecogieron, sin conseguir articular palabra alguna. Estaban, por instinto, aplastados materialmente contra sus asientos.
Las luces, sincronizadas como si perteneciesen a un solo aparato, se agrandaron hasta tener un tamaño aparente de dos metros, quedando suspendidas en el cielo oscuro varios metros sobre el suelo, frente al coche. A los lados se divisaban las luces de posición del aeropuerto, y en medio de la pista, el coche, como un pobre animal desvalido en medio de la noche.
Repentinamente las luces cambiaron de color. Pasaron del blanco al amarillo y al anaranjado, mientras descendían de un modo imperceptible, suavemente, como flotando. A un metro del suelo y frente al coche, sobre la pista y a los laterales, quedaron Invitando, como colgadas del espacio, formando un triángulo.
Eran naves de un tamaño medio, de un diámetro aproximado de 12 metros, en forma de campana. Eran semitransparentes y a su trasluz podían distinguirse bultos en su interior tenían todas ellas como dos planos, uno inferior con tres ventanas y otro superior con una. Las ventanas eran de forma oval, simétricamente dispuestas. Los objetos presentaban una apariencia metálica parecida al cobre, pero de matices transparentes y como si fuesen de una sola pieza.
Sobre el horizonte se oyó el ruido de un caza acercándose. En el mismo instante, las naves comenzaron a apagarse, a desvanecerse como una nube de humo o una forma fantasmal en medio de la noche. Cuando el avión pasó próximo para aterrizar, las naves habían desaparecido ante sus atónitos ajos. Cuando el ruido de los motores del caza se apagó, las naves volvieron a emerger de la oscuridad de la noche, en el mismo sitio en que se encontraban antes.
La maniobra de aparición y desaparición se repitió otras dos veces en la base. Los tres espectadores comprobaron que el proceso parecía sincronizarse con la onda acústica del ruido de los motores de los aviones.
Los tres testigos de excepción estaban mudos, sobrecogidos y, en cierto modo, asustados por lo que estaban viendo y no podían creer. ¿Cómo podían aparecer y desaparecer los objetos ante su vista, sin ruido alguno, sin variación alguna? Era como una pesadilla, o como un juego de bambalinas y magia. Su mente explotaba ante los cinco aparatos perfectamente claros, contundentes, parados delante de sus ojos, suspendidos entre el cielo y la tierra. En ocasiones se llevaron las manos a los ojos y se los frotaron instintivamente, como queriendo apartar una pesadilla.
De un modo súbito las naves hicieron un cambio de luz. Se volvieron más brillantes y amarillas. Los tres testigos percibieron un pequeño zumbido semejante a una onda de radio en proceso de sintonización. La nave que ocupaba el vértice del triángulo hizo un flash luminoso en dirección al coche por tres veces consecutivas; las restantes naves lo repitieron. Luego la nave primera comenzó a despegar en vertical. Y seguidamente las cuatro restantes. Se colocaron a unos 200 metros sobre el suelo y volvieron a variar el grado de intensidad luminosa hasta llegar a ser de un brillo casi blanco.
Luego, en décimas de segundo, fueron materialmente absorbidas en el espacio, chupadas por el cielo oscuro, siguiendo el dibujo inverso que habían realizado a su llegada, pero siempre perfectamente sincronizadas y en línea elíptica.
Ellos siguieron a las naves hasta que se convirtieron en puntos luminosos como las demás estrellas; luego las dejaron de ver.
Habían sido como una mala pesadilla, como un sueño poblado de imágenes del inconsciente.
El pariente de Truman debía dar cuenta esa misma noche al Presidente, que estaba al tanto de la operación. El problema, en verdad, no era cómo contárselo, sino qué medidas políticas o militares debían tomarse o qué consejo debía dar como testigo excepcional del suceso.
El mismo coche oficial en que habían llegado, les sacó de la base.
Era la noche de Navidad. Tenían una buena nueva inesperada de alto nivel político. Una buena nueva, por otra parte, embarazosa para ellos y para su Gobierno. Tal vez la más embarazosa de toda la historia de los Estados Unidos, porque sabían que no podrían quitársela de encima de ningún modo.
Pocos días después de esta prueba oficial, la prensa dio cuenta de avistamientos paralelos de gente civil. El avistamiento de Estados Unidos tuvo lugar en Marysville, otra ciudad importante de California. El de la URSS, con características muy similares, tuvo lugar en Grasnovodsk a orillas del mar Caspio, en la Rusia meridional.
Los habitantes de Grasnovodsk, esa tarde regresaban a sus hogares o se encontraban en la calle de charla. Repentinamente, vieron acercarse a la ciudad un objeto volante, de forma de zepelín, de cigarro o de huso. Era un aparato silencioso, de luminosidad verde, de enormes proporciones. Algunos le calcularon unos 800 ó 1.000 metros de longitud. Según los cálculos, pasó a unos 2.000 metros de altura antes de volver y colocarse sobre la ciudad, totalmente inmóvil.
Las autoridades - la policía - avisaron rápidamente a la base militar más próxima.
La población se había echado a la calle para observar el extraño objeto.
De la base militar despegaron dos escuadrillas de cazas, provistos de material bélico. Antes de que los aviones llegasen a la ciudad, el huso comenzó a perder sus contornos precisos y se volvió transparente hasta hacerse invisible como una nube que se evapora.
Los ciudadanos de Grasnovodsk no creían lo que estaban viendo. Sin embargo el objeto había desaparecido como tocado por una varita mágica, como si fuese una ilusión del día de los Santos Inocentes.
Algunos segundos después llegaron los cazas. Iniciaron una rápida y vana búsqueda a distintas cotas. Volaron y sobrevolaron una y otra vez la ciudad, sin resultado alguno. Finalmente, regresaron a la base de origen.
En el mismo instante que se apagaba el ruido de los motores de la escuadrilla, comenzó a materializarse el huso, cigarro o nave en el mismo punto en que estaba anteriomente. La gente volvió a verlo enorme, ante sus ojos, despavorida, como si surgiese de la nada. Muchos de los ciudadanos corrieron a ocultarse en sus casas. La policía volvió a telefonear histérica al comandante de la Base Militar.
El objeto permaneció unos minutos sobre la ciudad. Luego comenzó a moverse, salió una llama violeta de su parte posterior y comenzó a tomar, de modo acelerado, altitud y velocidad. En unos segundos desapareció de la vista de Grasnovodsk.
Cuando años más tarde este hecho fue conocido en Occidente, y publicado en la prensa, Eugenio Siragusa hizo también público este comunicado de Adoniesis, extraterrestre, con quien estaba en comunicación por esa misma época:
«Algunas personalidades de vuestro planeta saben muy bien que nosotros tenemos la completa posibilidad, si lo deseamos, de proceder a la desmaterialización de nuestros aparatos y de nuestras naves y en consecuencia a la rematerialización de lo que temporalmente habíamos desmaterializado. No estoy autorizado por el Consejo Supremo de la Confederación a demostraros prácticamente este proceso, y espero que comprendáis el por qué, pero nosotros podemos detenernos con nuestras naves en cualquier sitio sin ser visibles para vuestra capacidad visual, y esto gracias a la técnica que empleamos desde hace mucho tiempo y que ponemos en práctica cuando es necesario para no ser molestados en ciertas misiones particulares que piden la penetrabilidad de la materia sólida que para vosotros es absolutamente inviolable. En ciertos casos particulares, si lo deseamos, podemos provocar una sintonía visual particular con sujetos predispuestos y así ser vistos con una luz «particular» que poduce el proceso de desmaterialización mismo.
Nosotros hemos dado una demostración práctica de esto, hace algún tiempo, cuando cinco de nuestras naves descendieron precisamente sobre la base americana Edwards, en California meridional. El hecho tuvo lugar en presencia de un pariente del ex presidente Truman, de un competente representante de una importante agencia de prensa y de un obispo de la Iglesia Episcopal Metodista. Estas autoridades quedaron muy impresionadas y han permanecido un tiempo muy sacudidas por nuestras posibilidades, pero no han podido hacer otra cosa que «callarse». Nosotros continuaremos hasta que estéis habituados al hecho de que nosotros somos una "realidad operacional por una ley de amor que vosotros todavía no queréis comprender".»
De este modo el mensaje de Eugenio Siragusa confirmaba un hecho importante acaecido en otro lugar. Un hecho fundamental del programa en sus comienzos, cuando el «Programa Saras» acababa de iniciarse.

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