
6. Primer encuentro del programa en Arizona
George Adamski sabía que había entrado en un camino que no tenía regreso. Un camino que debía andar hasta el final. El año 1952 se había convertido, por la serie de acontecimientos en los que había tomado parte, en el año de su especial iniciación.
Parte de esta iniciación, fueron sus paseos y sus excursiones en solitario desde Monte Palomar al desierto de California. A medida que pasaban los meses sentía interiormente el apremio de algo que le sería inevitablemente revelado.
Interiormente, tenía la certeza de que antes de terminarse el año se encontraría con alguna de las naves extraterrestres que surcaban el espacio exterior y se aproximaban a la Tierra cumpliendo un programa muy preciso.
Al entrar en el mes de noviembre, Adamski había sentido que se aproximaba para él un tiempo importante. Como parte de sus excursiones habituales al desierto californiano, programó un viaje con otros amigos para el 20 de noviembre.
Habían programado un día libre George Adamski, la dueña y amiga del «Palomar Garden's», Alice Wells, y su secretaria particular, Lucy McGimnis. Los tres saldrían de Monte Palomar antes del amanecer y se unirían a dos matrimonios amigos en la carretera de acceso a Blythe.
A las cuatro de la madrugada se encontraron en el restaurante «Palomar Garden's», como habían quedado, George Adamski, Lucy McGimnis y Alice Wells. Ayudaron entre todos a preparar los bocadillos y las bebidas, subieron al coche y enfilaron por la carretera general, en dirección a Blithe.
Bastante antes de llegar a encontrarse con sus amigos, George y sus amigas pincharon una rueda trasera. George Adamski con la oscuridad no acertaba a quitar la estropeada y sustituirla por la de repuesto. El gato no entraba bien en el lateral del coche y se venía abajo con el peso... Hacía fresco, pero el cielo estaba raso; podían verse las estrellas todavía claramente.
George Adamski pensó en voz alta:
- Qué raro que hayamos pinchado aquí. Estamos perdiendo mucho tiempo. Tal vez íbamos demasiado pronto...
Por fin pusieron la rueda y continuaron viaje; habían perdido algo más de una hora. Llegaron a las afueras de Blythe a las 7,30 en lugar de las 6 ó 6,30, como habían quedado. Dentro del coche les esperaban dos matrimonios amigos de Arizona. Eran el señor Albert Pailey y su señora y el doctor George Williamson y su esposa. Los dos coches entraron en la ciudad de Blythe, se pararon en un bar de la ciudad y mientras desayunaban decidieron el programa del día. Iban provistos de mapas, telescopios, cámaras fotográficas y prismáticos. Adamski dijo:
- Siento que deberíamos tomar la carretera de Parker y enfilar hacia el desierto. Algo me impulsa en esa dirección. Hasta ahora, la experiencia que tengo me indica seguir siempre mi inclinación interior y nunca me equivoco.
- Entonces vayamos en esa dirección - apoyó el doctor Williamson -. Es igual un camino que otro y tú eres realmente el que debes marcar la pauta a seguir.
Se levantaron, salieron del bar y tomaron la carretera que conducía a Desert Center. Al llegar a la altura de Desert Center, se desviaron a la derecha, siempre siguiendo la intuición de George Adamski, y tomaron la carretera que iba a Parker. Los dos coches se pararon a la altura del kilómetro 18.
George Adamski se destacó un poco del grupo. Oteó el horizonte. Volvió a unirse al grupo. Hacía sol. Eran aproximadamente las 10 y 30 minutos de la mañana. George Adamski dijo, dirigiéndose a sus amigos:
- Continúo pensando que algo importante vamos a ver hoy. Algo me dice en mi interior que estamos a punto de conseguirlo...
El suelo era volcánico, sin vegetación. Cerraron los coches y anduvieron errantes, de un lado para otro. De vez en cuando miraban al cielo, otras veces inspeccionaban el horizonte con los catalejos... Nada.
A eso de las doce, pasó sobre ellos un bimotor. Lo obsevaron hasta que desapareció en el horizonte. Volviron a los coches y se tomaron los bocadillos que habían preparado Alice en el restaurante antes de salir. Hacía buen tiempo.
Volvieron a pasear por los márgenes de la carretera. Adamski observaba con sus catalejos hacia la vertical de la bóveda celeste; cuando los iba a retirar lo vio. A mucha altura, enorme, tropezó con una nave alargada, del tipo de la que había fotografiado en California en marzo de 1951. Se apartó los catalejos y la distinguió a simple vista. Adamski se dirigió a los demás y dijo simplemente:
- Ya están ahí, mirad.
Utilizando los dos catalejos observaron la nave detenidamente. El doctor Williamson consiguió identificar un emblema en el lateral. No pudo situarlo dentro de sus esquemas, a pesar de haber sido piloto de vuelo en la Segunda Guerra Mundial.
Volvió a intervenir George Adamski y dijo:
- ¡Pronto! Tengo la impresión de que hoy me encontraré con los tripulantes de esa nave. Vamos al coche. Llevadme fuera de la carretera. Creo que vienen a encontrarnos y no se acercan más para evitar el que puedan vernos los que pasen por la carretera...
Lucy tomó el coche y condujo hacia el interior del desierto a George Adamski y al señor Pailey. Mientras Lucy conducía, Adamski y Pailey seguían las evoluciones del objeto con la mirada, con las ventanillas bajadas... Tenía un enorme halo anaranjado en tomo. Recorrieron un largo trecho por el desierto hasta que el coche no pudo seguir. Pararon y comenzaron a sacar del portaequipajes el instrumental que Adamski llevaba para su trabajo: un telescopio de seis pulgadas, un trípode, una cámara KodakBrownie, los accesorios para el telescopio, placas de fotografías... Una vez situado el instrumental, Albert y Lucy se apartaron unos metros de donde estaba Adamski para reunirse con los restantes del grupo, que se habían ido acercando más despacio.
La astronave se detuvo en la vertical en que se encontraba George Adamski con sus aparatos. Unos minutos después se produjo como un destello en el aparato y apareció un disco pequeño de unos 12 metros de diámetro. Descendió casi verticalmente, sin ruido alguno, sobre el terreno. Podía percibirse un leve zumbido en los oídos, casi imperceptible.
Una vez aterrizado, fue visible su forma sólida. Tenía idéntica forma a otros que Adamski había visto y fotografiado. Enfocó su cámara y disparó sus siete placas. Estaba aproximadamente a unos 500 metros de donde Adamski se encontraba y unos 800 del resto del grupo.
Cuando Adamski retiró su cara del objetivo de la Kodak, vio una forma humana que se apartaba del platillo y le hacía gestos con un brazo en alto. George Adamski le obedeció instintivamente y comenzó a caminar en dirección al ser que había descendido del platillo. Cuando estuvo a unos metros vio perfectamente sus facciones, su vestimenta. Adamski lo describiría así después:
Era un hombre bello, joven, de un cutis barbilampiño, de cabellos largos hasta la espalda, rubios, de nariz prominente, ojos verdes, manos delgadas, mediría un metro setenta o setenta y cinco... Llevaba un traje brillante, marrón, con un cinturón de unos veinte centímetros, dorado, unos botines flexibles de color rojo y acoplados al buzo por otro anillo dorado...
El ser que había bajado en el disco, hizo señas a Adamski para que se acercase más; le tendió la mano. Adamski fue a estrechársela, pero el visitante le rozó simplemente la palma. Adamski se quedó parado, embebido ante la aparición y el encuentro. Por fin logró articular una palabra. Adamski preguntó en inglés:
- ¿De dónde vienes?
El extraterrestre movió la cabeza en sentido negativo... Adamski comprendió que debía comunicarse de modo telepático. Se concentró y señaló al Sol.
El extrarrestre sonrió. Adamski comprendió que ese era el camino para entenderse y continuó pensando. Representó en su mente Mercurio y trazó una órbita en tomo al Sol. El extraterrestre no respondió. Trazó otra nueva órbita, la dibujó con la mano y pensó en Venus. Trazó otra nueva órbita y señaló la tierra, el suelo...
El extraterrestre volvió a sonreír. Señaló el Sol, describió un círculo en el aire, luego otro, y se señaló a sí mismo como parte del segundo círculo. Adamski entonces dijo en inglés:
- ¿Venus?
El extraterrestre asintió con la cabeza. Adamski continuó el diálogo realizando sus preguntas mentalmente y recibiendo las respuestas en idéntica forma; cuando era necesario, se ayudaba de algún gesto descrito en el aire o sobre el suelo.
Adamski preguntó:
A. -¿Cuáles son los objetivos de vuestros viajes?
E. - No venimos con fines agresivos o violentos. De vuestro planeta nos llegan radiaciones perniciosas y fuertes, fruto de las continuas pruebas atómicas. Estas radiaciones afectan también al espacio exterior. Si continúan vuestras explosiones, conduciréis vuestro planeta Tierra a una enorme catástrofe...
A. - ¿Cómo viajáis en el espacio?
E. - Utilizamos grandes astronaves como la que has visto y como las que tienes fotografiadas. Son portadiscos que nos permiten viajes interplanetarios con plena comodidad y rapidez. Desde la nave podemos enviar otros discos tripulados o guiados electrónicamente a distancia.
A. - Qué fuerza utilizan vuestras naves?
E. - La energía magnética, la energía solar.
A. - De dónde proceden las naves que vemos?
E. - Algunas de Venus, otras de otros planetas del Sistema Solar, o de otros sistemas planetarios de la galaxia.
A. - Por qué no aterrizan en las ciudades terrestres y establecen contacto oficial con nosotros?
E. - La humanidad no está todavía preparada. Nosotros no queremos causar ningún tipo de daño a la especie humana y si el encuentro se produjese de modo brusco, produciríamos una terrible revolución.
A. - ¿Hay algunos hombres en contacto con vosotros?
E. - Sí, los hay. Algunos han sido llevados de la Tierra voluntariamente a otros planetas. También hay entre vosotros seres de otros planetas en viaje de investigación y estudio, visten como vosotros y no los podríais distinguir... Graba bien el mensaje, que hoy te traigo; es de vital importancía para el desarrollo de nuestro contacto con el planeta Tierra. Se lo deberás llevar de modo privado y personalmente hacérselo llegar a las autoridades máximas de tu país. Utiliza el vehículo que ya conoces en el Pentágono...
Adamski preguntó mentalmente ¿debo escribirlo? El ser del espacio respondió de modo telepático:
E. - No hace falta que lo escribas, hazlo cuando llegues a casa; se te grabará en la mente de modo indeleble...:
La Confederación ha dado permiso para realizar una prueba física ante las autoridades de las dos superpotencias del Planeta. Una de las pruebas tendrá lugar en el Aeropuerto Nacional de Washington el 25 de diciembre próximo. Deberán asistir autoridades máximas del poder civil, militar y religioso. La prueba, si es bien aceptada y difundida, facilitará el desarrollo de un programa de ayuda de la Confederación de la Galaxia con vuestro Planeta.
Luego el extraterrestre se encaminó al disco. Adamski hizo mención de seguirlo. El extraterrestre se volvió y le ordenó mentalmente no seguirlo, porque sería peligroso para su físico.
El disco era semejante a una campana casi de cristal. En el interior se distinguían bultos que se movían. El aparato no estaba posado en el suelo, flotaba a unos 30 ó 50 centímetros del terrenos volcánico del desierto. La cúpula era parecida a un anillo oscuro y terminaba en una bola.
El extraterrestre se llevó una de sus placas fotográficas y le prometió devolverla en el próximo encuentro. Le indicó que algún día podría entrar en uno de sus discos...
El extraterrestre subió por una portilla metálica al disco; éste se cerró, aumentó su brillo, se comenzó a elevar lentamente en sentido vertical.
Los amigos de Adamski se habían aproximado. Adamski vio que la nave tenía dos anillos que giraban el uno en el sentido de las manillas del reloj, el otro en sentido contrario. Debajo del disco había como tres esferas metálicas... El disco se alejó hacia la astronave en unos segundos. La nave lo reabsorbió y partió describiendo un ángulo de 90 grados a una velocidad de vértigo.
Estaban todos como traumatizados. No hablaron nada. El doctor Williamson tomó yeso y copió las huellas que había dejado el extraterrestre en el suelo del desierto.
El encuentro había durado más de una hora. Recogieron el material que habían utilizado. Subieron a sus coches y regresaron. Cada uno tenía una impresión fuertemente grabada en su interior y en su mente.
George Adamski repetía mentalmente el mensaje que tenía que hacer llegar al Pentágono y a la Casa Blanca.
Por primera vez le sucedía algo extraño: Veía el mensaje escrito como en una pantalla que salía de su cerebro... No lo podría olvidar...
Se había cubierto otro aspecto del programa «Saras»: Utilizar a un ser humano en la ejecución del programa. Un hombre que había sido preparado y sensibilizado previamente para tal cometido...
Adamski supo de modo claro y definitivo que esta verdad era superior a él y que cambiaría su vida, sus relaciones con los demás habitantes del planeta y por supuesto sus relaciones con las autoridades americanas... Pero así lo había aceptado y no le importó lo que sucediese en el futuro. Lo que él y sus amigos habían visto y presenciado era cierto y lo haría saber, le dejasen o no, se lo creyesen o no.

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