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[Aquila]

5. Primer aviso a Washington

En el aeropuerto nacional de Washington, la noche de 1952, que acababa de comenzar, era una noche como otra cualquiera. Bien. Eran las 11,30 en punto y el tumo de noche de radaristas del aeropuerto había ocupado sus puestos a las órdenes de Harry Barnes.
El pasado 13 de julio había llegado una noticia procedente de otro centro de vigilancia del espacio aéreo americano. En el estado de Missouri y en el puesto de radar de Kirksville se había producido un fenómeno de avistamiento de objetos no identificados, consiguiéndose fotogramas de radariscopio. El centro militar había dejado filtrar la noticia y ésta había llegado a Washington. Barnes era un hombre realista, daba crédito a lo que veían sus ojos y estaba de acuerdo con el astrofisico Donald Menzel en que podían deberse estos incidentes a inversiones de temperatura o, en definitiva, a impericia de los radaristas.
Harry Barnes se había acomodado en su sillón de orejas, delante de la patalla mayor de radar. El «sweep» pasaba y repasaba por la pantalla verdosa ante sus ojos. Esperó hasta que la banda completó sus seis pases por minuto. Mentalmente se imaginó la gran antena girando en ese mismo espacio de tiempo y al mismo ritmo, auscultando unos cielos claros, tranquilos, en aquella noche del 19 de julio de 1952.
En aquel tiempo Estados Unidos poseía una serie de estaciones de radar denominadas «Detection and Early Waming», entre las cuales se encontraba la del aeropuerto de Washington. El ojo electrónico que eran estos radares podían ver en la más espesa niebla, en cualquier tipo de nubosidad, cualquier objeto que penetrase en el espacio aéreo hasta un radio de 150 kilómetros. La torre en la que operaba Barnes, se ocupaba del feliz aterrizaje y el buen despegue de todo el tráfico del Aeropuerto Nacional de Washington.
Durante el tiempo que observó la pantalla principal apareció solamente un avión en vuelo dentro del campo de visión del radar. El «blip» apareció en la pantalla de rayos catódicos y fue dando cada diez segundos la posición exacta en que se encontraba.
En vista de que había poco tráfico, Barnes se levantó de su sillón y se dirigió a uno de los radaristas próximos:
- Ed, sustitúyeme en la pantalla. Voy a ver al jefe.
- De acuerdo, Harry.
Y Ed Nugent ocupó el sillón frente a la pantalla principal. Eran exactamente las 12,30 de la noche. En la pantalla no había ningún «blip».
De improviso, Nugent se vio sorprendido. Repentinamente, surgiendo de la nada, siete puntos muy acentuados habían hecho acto de presencia en la pantalla principal. Los objetos se habían colado en la banda en menos de diez segundos...
Al lado de Nugent trabajaban en sendas pantallas los radaristas James Copeland y Jim Ritchey. Ed Nugent, sin apartar la vista de la pantalla principal, pidió a Copeland, que avisara a Harry rápidamente.
Harry Barnes entró precipitadamente en la torre. Los siete «blips» seguían en la pantalla principal y en las ojos adyacentes. Harry comprobó cuidadosamente el movimiento. El eco radárico era fuerte, más que el habitual de los aviones y diferente en su comportamiento en la pantalla.
Harry tomó el teléfono y llamó a la torre de control del aeropuerto. Se puso el operador Howard Cocklin. Harry preguntó:
- Estamos observando en nuestras pantallas siete «blips» sospechosos y no identificados. Son fuertes y han entrado en un solo paso de banda. ¿Observáis vosotros algo?
- Sí, - contestó Cocklin -, también están en nuestra pantalla. A través del ventanal veo uno de esos objetos en el cielo. Es como una luz potente y anaranjada de gran tamaño. No sé qué puede ser.
Mientras Cocklin hacía esta afirmación, uno de los «blips» se destacó en la pantalla de radar con especial fuerza. Había acelerado evidentemente su velocidad en dirección al aeropuerto.
Barnes comenzó a ponerse nervioso. Telefoneó al Air Defense Command y volvió a fijarse en los «blips» de la pantalla de radar. Los seis restantes radaristas del aeropuerto se habían aglomerado junto a las pantallas; eran: Copeland y Richey, ya citados; Lloyd Sykes, Stewart Dawson, Phill Ceconi, Mike Senkow, Jerome Biron y el propio Harry Barnes. Todos ellos trabajaban juntos desde el primero de enero de 1952 en el Aeropuerto Nacional de Washington.
Los objetos desconocidos seguían evolucionando ante los atónitos ojos de Barnes. No se pudo contener. Volvió a dejar el radar en manos de Copeland y se fue a telefonear al campo de aviación militar de Meryland. El radarista de Andrews Field le contestó:
- Nosotros también los hemos detectado; dan buen eco. Los tenemos situados en las mismas coordenadas.
Harry preguntó:
- ¿Enviarán cazas para averiguar qué es eso o interceptarlos?
- Tenemos el campo en obras. Nuestros reactores se encuentran en Newcastle. Ya hemos avisado a la base más próxima.
Barnes colgó el teléfono. Volvió a entrar en la sala de radares. Los objetos se habían situado sobre la Casa Blanca, el Capitolio y la Catedral de Nueva York...
En esos momentos despegaba del aeropuerto un DC-4 pilotado por el capitán Casey Pierman. Mientras hacía las comprobaciones anteriores al despegue, desde su cabina, pudo ver una luz blanca-azulada que viajaba de 150° a 0,10°, pero no le prestó atención.
El capitán Casey Pierinan, de la Capital Airlines, despegó con rumbo 180°, y ascendiendo hasta 1.200'. Después giró a la derecha y se situó en rumbo de 330°. En ese momento conectó por radio con el Centro de Control de Tráfico Aéreo, a través de la Torre de Control.
- ¡Habla Barnes! Nuestra pantalla de radar indica tres objetos que viajan a gran velocidad. Se aproximan a usted. Desvíese a 290° para interceptar a los objetos.
- Recibido. Voy a realizar la maniobra, cambio.
El capitán Casey realizó la maniobra indicada y volvió a conectar con el Centro de Control de Tráfico Aéreo del Aeropuerto Nacional de Washington:
- ATCC informando a DC-4. Los objetos se encuentran a cinco millas por delante de su aparato... No, están a cuatro... Le han rebasado, están a diez...
- DC-4 llamando a ATCC. Veo otro avión tipo DC-4 que viaja en dirección opuesta. ¿Me escuchan? El copiloto ve uno de esos objetos de color blanco azulado, que viaja, a una enorme velocidad, unos 25° hacia abajo en dirección suroeste.
- Estoy a 6.000' de altitud, visibilidad correcta; puedo distinguir las luces de Charles Town. ¡Un nuevo objeto pasa delante de nosotros en estos momentos a una enorme velocidad! Parece estar fuera de la atmósfera...
- Nosotros en este momento volvemos a tener los siete «blips» en la pantalla, ¿puede verlos usted?
- Sí, ahora los veo; viajan en forma de triángulo; el que acaba de pasar se les ha unido. Se alejan a gran velocidad...
- Bien. Déjelo. Regrese a la base.
Barnes estaba pálido, sus compañeros radaristas le miraban perplejos. Eran las cinco de la madrugada del día 20 de julio de 1952.
Harry Barnes volvió a salir para tomar el teléfono privado. Conectó con Andrews Field nuevamente. Le respondió el operador Joe Zacko.
- ¿Sigues teniéndolos en tu pantalla?
- Siguen aquí.
- ¿Has encontrado alguna explicación? Se mueven describiendo ángulos imposibles...
- Hemos calculado su velocidad aproximada. Oscila entre los 7.000 y 12.000 kilómetros hora; no se conoce nada igual...
Barnes colgó. Estaba al borde de la histeria. Conectó con las bases de la Fuerza Aérea de Boling y Andrews.
De Andrews le contestaron:
- Hemos observado los blancos al Este y al Sur de la Base. Tenemos un observador en el exterior y ha distinguido algunos de los objetos de luz anaranjada.
- Nuestro equipo está dando excelentes lecturas. Podemos trazar cualquier vector si lo consideráis necesario.
- No hace falta. Hemos recibido instrucciones.
- ¡Les estamos dando todas las informaciones, y nos dan por respuesta: «hemos recibido instrucciones»! Nos están invadiendo los informes de pilotos en vuelo, ¿qué hacemos?
- Espere, le paso al oficial.
- Hemos recibido su información; la estamos pasando a la autoridad superior. Hemos recibido órdenes concretas. No se preocupe. Siga observando los objetos y pásenos cualquier novedad que se produzca.
Harry Barnes colgó descorazonado. Nunca le había pasado nada igual a lo largo de su carrera. Cuando volvió a su pantalla, los «blips» habían desaparecido como por ensalmo, en décimas de segundo.
Había amanecido el día 20 de julio de 1952. El caso había pasado a la Dirección de Inteligencia de la USAF, abriéndose un expediente. El expediente estaba constituido por informes del Centro de Control de Tráfico Aéreo, de la Torre del Aeropuerto de Washington y la del radar de control de aproximaciones de Andrews AFB y Boling AFB.
El mismo fenómeno se había producido en Nueva York a las mismas horas. Se repitió en los mismos lugares varias noches después, la noche del 26 al 27 del mismo mes de julio.
Al día siguiente la reacción fue general. Sobre el Pentágono llovieron los telegramas. Los diputados pidieron explicaciones en el Congreso y tanto los altos cargos de la USAF como la ATIC se vieron en un grave aprieto. Salieron del paso echando las culpas al mal funcionamiento del radar y la influencia de la temperatura sobre los «blips».
Sin embargo, el Cuartel General de la USAF y el Centro de Investigación Técnica Aérea realizaron una investigación sobre los acontecimientos «in situ», interrogando a testigos presenciales de ambos centros de control, e incluso pilotos de vuelo implicados. En la mañana del 28 de julio aparentemente había pasado la tormenta. Oal menos se había paliado. El coronel Bower y el capitán Ruppert comentaban los informes mientras tomaban el desayuno y ojeaban la prensa de Washington.
Desde lejos, un reportero de prensa del "Washington Post" seguía los pasos del capitán E. J. Ruppelt. A toda costa pretendía conseguir elementos jugosos del informe, de cuya existencia se tenían en los medios periodísticos de Washington fuertes sospechas.
Esa tarde, mientras Rupert estaba de sobremesa sonó el teléfono.
- Le hablan del despacho del coronel Teaburg. No es necesario que permanezca en Washington durante la investigación. Ya hemos notificado a la Casa Blanca los pormenores del incidente. El tema está vetado para la prensa.
El capitán Rupert colgó, pero sin llegar a sentarse, recibió otra llamada.
- Dígame.
- Soy un periodista del "Washington Post". Tenemos informes confidenciales sobre los acontecimientos de las pasadas noches con objetos no identificados. Sabemos que usted participa en la investigación; desearíamos conocer algún detalle, si no la versión entera de los hechos contada por usted. Evidentemente dejaríamos en secreto su nombre.
- Lo siento. No puedo facilitar ninguna información al respecto.
- Capitán Rupert, nos conocemos hace tiempo. Llevo toda la mañana intentando conectar con usted.
- Lo siento. No puedo hacer ningún comentario.
- Sabemos que están trabajando en un informe sobre unos acontecimientos de vital importancia para la prensa y que el público debería conocer ya...
- No creo que la Fuerza Aérea oculte información alguna vital para la prensa o para el país.
- Lo cierto es que usted participa en una investigación al respecto que se lleva con el mayor secreto.
- No sé si será cierto que se realiza tal investigación. Siento no poder darles mejor información.
- Capitán Rupert, ¿es cierto que el Aeropuerto de Washington ha detectado numerosos ecos de radar durante estos días? ¿Y que esos ecos han tenido confirmación en avistamientos por parte de pilotos y particulares?
- No tengo nada que decir sobre el radar. Es un hecho bien conocido, de todas formas, que las imágenes del radar pueden ser alteradas, deformadas o incluso producidas por alteraciones climáticas, por pájaros o por funcionamiento erróneo del equipo.
Aquí terminó la conversación. La prensa americana nunca pudo explicar lo que había ocurrido aquella noche.
Los políticos y los militares que ocupaban los puestos de mayor responsabilidad estaban preocupados por dos razones graves: Por el origen desconocido de tales fenómenos y por la presión constante de la opinión pública, cuyas consecuencias eran imprevisibles a largo plazo.
Los seres del espacio que habían montado por dos noches consecutivas, sobre Washington, estas pruebas malabares, habían querido decir algo importante que ocurrió pocos meses después. Algo que nunca se pudo saber hasta hoy.


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