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[Aquila]

4. Contacto y compenetración en Sicilia

Salvando la diferencia horaria, el día 25 de marzo a las seis de la madrugada se producía un acontecimiento paralelo que expresaba un punto fundamental del Programa y elegía a uno de sus protagonistas fundamentales: Eugenio Siragusa.
Eugenio Siragusa era un hombre fuerte, de tez morena y cabello negro peinado hacia atrás. Al despertarse a las cinco de la madrugada para acudir al trabajo pensó:
«Me gustaría no tener que ir al trabajo hoy, y quedarme en casa con mi mujer y mis hijos celebrando en paz mi 33 aniversario. No todos los días se cumplen 33 años.»
Se levantó del lecho, se fue al baño, se echó unas manotadas de agua en la cara para despertarse, se pasó el peine y salió a la calle para tomar el autobús.
Había niebla cerrada. Se levantó las solapas de la chaqueta, puso bajo el brazo su cartera de mano y enfiló hacia la plaza de los Mártires. Las calles estaban desiertas y solamente se cruzó con otros cataneses que tenían que hacer su camino hacia el trabajo para llegar a las ocho.
Eugenio Siragusa, sin darse cuenta, iba pasando revista a su vida. Evaluaba sus logros como empleado de Arbitrios y no se sentía ni satisfecho ni defraudado; más bien aburrido, como quien ya se sabe de memoria una lección que tendrá que seguir repitiendo.
A lo largo del paseo marítimo Eugenio recibió el olor a sal, el murmullo de las gaviotas ya despiertas, el ruido de los barcos varados en el muelle, las olas. Amanecía lentamente sobre un fondo gris. Había llegado a la parada del autobús que le llevaría a su oficina habitual de arbitrios en la isla. Se cobijó en el alero y esperó.
La calle estaba absolutamente solitaria. No se veía gente, ni movimiento. Era como si un pasillo invisible hubiera dividido la zona del mar y la de la ciudad y él estuviese anclado en medio de ambas, aislado, fuera del tiempo.
De pronto sintió un zumbido agudo en los oídos. Instintivamente levantó la vista para situarlo. De improviso, procedente del mar, trayendo la dirección de la luz del amanecer, divisó un disco que se acercaba hacia él, velocísimo, de un color blanco-mercurio. A medida que el objeto luminoso se acercaba, su brillo y su luz se hacían más intensos.
El cuerpo físio de Eugenio Siragusa se quedó como hipnotizado, paralizado, mirando sin parpadear en dirección al objeto, cada vez más próximo. A medida que se aproximaba distinguió en el interior de la esfera luminosa una especie de objeto sólido, semejante en su forma a un trompo o un sombrero de sacerdote. De repente se detuvo en el espacio y quedó colgado, inmutable, sobre la vertical del propio Eugenio Siragusa, parado en medio del paseo marítimo, mirando al cielo. Se le había caído la cartera al suelo y miraba hacia arriba en estado de trance. A pesar de que en su interior se encontrase aterrorizado, era incapaz de moverse; sus pies, sus brazos estaban como petrificados. Súbitamente, del objeto, salió una especie de rayo, que tenía la forma de un clavo invertido. La cabeza del clavo fue dirigida hacia él. Sintió que una especie de electricidad penetraba todo su ser. En el acto le invadió una beatitud que nunca había sentido. Su miedo desapareció. Notó que sus músculos físicos se relajaban y que se establecía entre el objeto y su mente una comunicación beatífica, sin ningún contenido concreto, sin que mediase palabra.
Luego el rayo luminoso se hizo más sutil y al cabo de un tiempo fue reabsorbido totalmente por el objeto. El globo luminoso entonces se agrandó, varió de coloración y el señor Siragusa dejó de ver la masa sólida del centro. En décimas de segundo la esfera luminosa desapareció sobre su cabeza y pudo distinguir, apenas, un puntito de luz en el espacio.
Había amanecido. La luz solar se tamizaba a través de la niebla y dejaba ver los edificios próximos. Eugenio Siragusa volvió en sí. Miró a su alrededor. Al fondo de la calle apareció el autobús.
Se agachó para recoger su cartera. El autobús paró, abrió sus puertas y siguió de largo. Eugenio Siragusa dio unos pasos, como borracho, tambaleándose. Sintió unas profundas náuseas en la base del estómago. Miró en derredor suyo. No reconocía su ciudad, la calle, los barcos... Ante sus ojos variaba la geografía de los edificios como si fuesen deformados por una cámara de ojo de pez... Todo le parecía extraño, arcaico, sucio, ajeno a él.
Aquella mañana, Eugenio Siragusa no fue al trabajo. Regresó a casa caminando y se acostó. Su mujer, Sarina, se alarmó, le hizo preguntas, pero Eugenio Siragusa permaneció sumido en un mutismo total, con la mirada en el vacío...
Continuaron sus náuseas por un tiempo. Y mientras intentaba situar en su cerebro lo que le acababa de suceder, sintió una voz que le hablaba interiormente. Nunca antes había sentido nada parecido, así que pensó: me estoy volviendo loco... Se pasó la mano por la frente repetidamente. No quiso comer nada en todo el día.
Durante la noche entró en un sueño profundo y regular.
Su mujer le observaba atónita, sin saber qué hacer, cómo comportarse. La mente de Eugenio Siragusa fue teletransportada a los archivos akashicos y comenzó a ver, en un estado semi-consciente, imágenes de otros tiempos, de otra tierra, de otra generación.

* * *

El se encontraba delante de un gran palacio, en una enorme plaza con jardines colgantes. Había una gran multitud de gente, sacerdotes, maestros y adolescentes. Un anciano con larga barba blanca hablaba a la multitud desde la escalinata:
«Siete veces todo hombre vendrá sobre la Tierra. Ninguno recordará haber nacido antes de ahora. Siete son las generaciones que durará. Después deberá acabar sobre esta tierra y vosotros sois la quinta generación. Siete son las escrituras del cielo y cada generación no tiene más que una por voluntad de Dios. Esta vuestra es la quinta y después deberá acabar. La séptima será la última prueba, y luego vendrá el juicio final. Vosotros sois la quinta generación. Y la semilla de la sexta nacerá de vuestro final. Así está escrito en el gran libro. Muchos de vosotros se convertirán en fuerzas del mal. Sentirán terror, pero no se modificarán. Ni siquiera se apartarán del mal los recién nacidos, porque el maléfico arte de los padres les educará en el error. Y entonces sucederá que vendrá sobre la Tierra el Hombre Eterno y mostrará el poder de su reino. El sol se hará diez veces más grande y se aproximará a la tierra y las aguas invadirán y sacudirán vuestra generación hasta las raíces. Y vendrá el tiempo en que yo me sentaré entre los siete jueces del cielo y os leeré una a una vuestras culpas y quien hubiese pensado hacer mal en mi cuerpo lo verá practicado en su raíz. Arrepentíos, porque todavía es tiempo.»
Así habló el anciano. Los sacerdotes y los maestros se reunieron irritados, y decidieron un secreto plan para acabar con el extranjero. Miembros de la turba lo agarraron a viva fuerza y lo sacaron de la ciudad, a los campos. Allí un soldado le cortó la cabeza.
El anciano siguió en pie y se oyó su voz hablar nuevamente:
«Habéis visto lo que no es dado ver a los mortales en vida. En el futuro del tiempo, Dios obrará en vosotros y en los que procedan de vuestra raíz las mismas cosas. Pero vosotros no entenderéis, ni comprenderéis.»
Las turbas, al oírle hablar y ver su cuerpo moverse, huyeron despavoridas y entraron en la ciudad. El adolescente que había seguido al anciano y al grupo de gente, se quedó a solas con él en el campo, asustado y atraído por el misterio. El anciano se dirigió a él y se oyó nuevamente la voz:
- Ven, pequeño mío, porque en mí vive lo que vive en ti. No tengas temor.
El adolescente respondió:
- ¿Quién eres tú que siembras tanto dolor y tristeza en mi alma?
- Yo he venido a la tierra como enlace. Yo no tengo nombre y no soy como tú. De donde yo vengo, la noche es día y el día resplandece. Tú, pequeño mío, dejarás un día aquí sobre la tierra tu cuerpo. Sólo cuando hayas visto lo que el futuro reserva para la séptima generación vivirás nuevamente en el mundo con una faz diferente. Ahora yo te dejaré. Pasará un tiempo antes de que puedas sentir el calor de la verdad en tu alma. Pero te digo aún: en aquel tiempo, cuando hayas retornado entre los hombres de la séptima generación y cuando hayas cumplido 33 años, yo volveré a estar en tu alma y en tus pensamientos y te daré pruebas de que ha llegado el tiempo. Pero antes tendrás que ser testigo de la prueba de esta generación. El sol se hará diez veces mayor. Pero que esto no te turbe. Cuando lo observes, muévete en dirección a Oriente. El camino será largo y fatigoso, pero al final encontrarás a los que llevan el sol en la frente. Allí afiánzate. Allí pasarás el restante tiempo de tu vida.
Con sus palabras el adolescente se había ido adormeciendo y cayó sobre el campo, al lado del anciano. Al dejar de sentir su voz, despertó repentinamente y no vio a nadie, el campo estaba florecido y llegaba un fuerte olor a nardos.

* * *

Al mismo tiempo que el niño, se despertó Eugenio Siragusa. Al lado dormía su mujer. Todavía no había amanecido. Era ya el día 26 de marzo. El catanés tenía 33 años y un día. Se levantó, pasó al comedor y se puso a escribir el sueño.
Esa misma mañana salió de casa, buscó una papelería y compró unos enormes pergaminos cuadriculados para dibujar. Como si estuviese guiado, diseñó tierras, mares, continentes y puso cifras y nombres que nunca había conocido antes.
Una semana más tarde pidió sus vacaciones adelantadas en Arbitrios. Se despidió de su mujer y sus hijos y, con una mochila y unos víveres, emprendió un largo camino hacia el volcán Etna.
Al despedirse, su mujer lloraba. Sus hijos no sabían lo que estaba sucediendo. Eugenio Siragusa dijo:
- No te preocupes por mí. No me sigáis. Lo que he de hacer debo hacerlo. Cuando lo haya hecho regresaré...
Desde ese momento Eugenio Siragusa comprendió lo que había sucedido y lo que tenía que hacer. Sus paisanos, desde entonces le cobraron un gran temor, considerándolo loco.


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