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Enseñanzas y amonestaciones
que discurren en la obra del mensajero


Hermano querido, escucha y escribe:
Sobre la tierra, en verdad, la justicia todavía no tiene reino y, sin ésta, la paz no puede existir. Justicia es Renovación.
Vuestra sociedad es animalesca e incivil, brutal y contraproducente para los verdaderos valores de la vida.
Sois tontos y malvados con vosotros mismos y de ésto no queréis, absolutamente, arrepentiros. Depauperáis en edificaciones inútiles los grandes recursos de vuestro planeta, minando, cada vez más el equilibrio de la necesidad colectiva y creando situaciones paradójicas y reaccionarias.
Exaltáis vuestra avidez como cosa evolucionada, humana, justa.
Vosotros sólo tenéis una lejana idea de la verdadera civilización y nosotros creemos oportuno daros una de las peores que existe en vuestro Universo: la nuestra que, en comparación con la vuestra, es divina y paradisíaca.
Nuestra civilización, aún cuan increíble os pueda parecer, está llena de armonía y de serena paz. Nuestros conceptos se apoyan firmemente sobre las sólidas bases de la Justicia Universal, del Amor Universal y de la Verdad Universal. Nadie puede ser privado de tal bien y nadie es mejor que el otro en la obra organizativa.
El misterio de nuestra existencia no existe y no existen actos de naturaleza contraria a nuestras exigencias naturales. Gozamos de la más absoluta tranquilidad porque nuestra ciencia está dedicada a la perfección de las cosas que nos son útiles y necesarias. Sólo nos preocupamos de competir con amor para obras edificatorias a favor de aquellos que, como vosotros, viven en un estado deplorable y penoso.
Somos patrones de los espacios y cumplimos con devoción el arte más precioso y más bello que un ser, consciente de sí y de su prójimo, puede realizar.
Conocemos la Entidad Creativa y practicamos, con celo y fe absoluta, los principios eternos de Sus justas Leyes. Nosotros amamos profundamente la armonía de lo manifestado y también estamos enamorados de lo no manifestado, porque sabemos que en él está encerrado el devenir continuo y eterno de cada cosa, que nos permite alegrar nuestra existencia.
Nuestra dimensión, aún siendo dualista, nos permite practicar, sólo, la mejor parte de la dualidad sin competir a través de la parte peor, como vosotros haceis sobre la tierra.
Nosotros conocemos el bien y otra cosa no hacemos sino el bien como fin supremo.
El mal es un medio que hemos superado desde hace muchísimos milenios, por obra de aquellos que tuvieron cuidado de nosotros y piedad de nuestra pobre conciencia. Nosotros, que no hemos perseguido ni matado, ni hemos cometido graves insubordinaciones al Padre Creativo, nos hemos elevado, en corto tiempo, de la mísera conciencia por haber dado, a la justa palabra y a las justas enseñanzas, la máxima atención y la máxima práctica. Ahora, como Él quiere, nosotros hacemos y al mismo tiempo devolvemos aquello que en un tiempo nos ha sido hecho a nosotros. Estos, en verdad, son los ciclos operativos de la conciencia sobre los diversos planos evolutivos que permiten competir según los principios que brotan de la voluntad del Padre Creativo.
En el universo hay siete planos de conciencia y la nuestra, como ya hemos dicho, es la menor de las mayores. Nuestra obra satisface plenamente nuestras exigencias espirituales y nos vuelve conocedores de las obras futuras que con gracia y humildad aceptaremos, siendo obras de eterna gloria.
Las conciencias son inmensas y todas puestas en la obra del bien, para edificar bien.
Nosotros no tenemos armas, ni es necesario tenerlas.
Los conocimientos sobre las dimensionalidades nos permiten, suficientemente, maniobrar del modo conveniente a nuestros deseos, potentes fuerzas para vosotros inimaginables.
Nuestros medios espaciales, que vosotros ya conocéis por haberlos visto repetidas veces sobre vuestra tierra, están privados de armas. A nosotros nos basta aquello que conocemos y poseemos para defendernos.
Nosotros estamos en contra, por absoluto principio, también de herir. Cuando estamos obligados a hacerlo usamos un medio, para vosotros desconocido, que nos permite absorber en parte, sin provocar mal, la energía que vivifica vuestro cuerpo. Esto nos permite, como en verdad nos ha permitido, evitar muchas veces vuestras inconscientes reacciones. No es el único medio que usamos, hay otros de diversa naturaleza.
Conocemos, desde hace milenios, la energía nuclear, pero nunca hemos hecho mal uso de ella, como vosotros hacéis y continuáis haciendo, en vuestro exclusivo perjuicio.
Nosotros también conocemos la verdadera energía magnética que, en verdad, nos permite efectuar larguísimos vuelos en brevísimo tiempo.
Finalmente conocemos la energía que edifica la vida y que nos permite vivir en diferentes dimensiones de tiempo y de espacio.

Eugenio Siragusa
Enero 1963


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