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El hombre y la Cruz
Aflora nuevamente a en el hombre la sombra espectral de un triste, atávico pasado.
¡RECUÉRDATE HOMBRE!
¡PÁRATE! No vuelvas a repetir el mismo camino por el que has sido maldito. Medita, escruta en lo profundo de tu alma y verás que, además de la Gran Luminosa Cruz, te volverás a encontrar a ti mismo, aterrorizado, culpable, de rodillas ante el gran pecado, en espera del misericordioso perdón de Dios y de los Cielos.
En aquel remotísimo tiempo toda la humanidad del Planeta Lucifer se sentía irremediablemente perdida. Ahora ya no había esperanza de salvación y era necesario huir, huir lo más pronto posible. Miles de naves espaciales estaban listas y otras llegaban del Planeta Marte y del Planeta Saturno. El planeta condenado a muerte por una lenta y progresiva desintegración ya estaba próximo a alcanzar el punto crítico. Era necesario actuar rápidamente. La deflagración final podía llegar de un momento a otro. La energía atómica que el hombre, con tanta ligereza había desencadenado, creó una desintegración en cadena de algunos grandes yacimientos de elementos sensibles yacentes en el subsuelo de aquel planeta.
Nadie estaba en condiciones de poder parar el caos de una potente energía vuelta loca y destructiva. La tierra que entonces se encontraba en la órbita del actual planeta Venus y este en la del planeta Mercurio, fue la meta de una gran parte de los fugitivos. En el firmamento miles de transatlánticos espaciales circulaban entre el planeta agonizante y la Tierra, Marte y Saturno, los lugares más cercanos para encontrar refugio. Llevaron con ellos cuanto era posible, pero no todos pudieron ser salvados. La Tierra todavía en un estado primitivo y poblada exclusivamente por enormes animales, no se volvía del todo acogedora, pero como refugio provisional, en aquel desesperado momento, había sido considerada providencial. Criaturas de ambos sexos y de diferentes razas creyeron encontrar un temporal acomode en espera de los acontecimientos. El tiempo de lo peor ya estaba cercano y mientras en el planeta, agonizante, millones de criaturas esperaban la salvación, una visión apocalíptica y con un inmenso resplandor, atroz, golpeó la aterrorizada mirada de los salvados.
El cielo se había vuelto luminoso y pavoroso. Una célula del Universo había sido asesinada por el hombre rebelde, desobediente a las Leyes del Cosmos. Una grave culpa que no puede ser fácilmente borrada y que el Cosmos castiga severamente.
El caos en todo el sistema solar fue de enorme alcance y muchos otros planetas, comprendida la Tierra, arriesgaron a ser lanzados fuera del propio equilibrio. El Sol vibró fuertemente dejando escapar de su propia superficie una enorme masa de materia incandescente que después debía asentarse en una órbita muy próxima al Sol y que nosotros, luego, debíamos llamar Mercurio. La Tierra, Marte y Venus y todos los planetas del sistema solar recibieron enormes choques, mientras las gigantescas rocas del planeta destruido se dirigían en todas las direcciones del espacio sideral. Muchos de estos pequeños mundos encontraron un asentamiento definitivo orbitando en la proximidad del planeta Saturno. La perturbación del sistema solar fue desastrosa y el planeta Tierra, este mundo de manto azul, sufrió, además de los choques, el desplazamiento del eje polar y por consiguiente todos los efectos de esta no menos desastrosa causa: erupciones, levantamientos y hundimientos de la corteza terrestre, invasión loca de las aguas, movimientos telúricos de gran alcance. Los seres que en ésta habían buscado un refugio temporal para salvar la vida, fueron diezmados y sus aparatos, estacionados, fueron completamente destruidos y tragados por la tierra y las aguas en movimiento. Los supervivientes no eran muchos, ahora la lucha por la sobrevivencia se había vuelto desesperada y sus mentes trastornadas por los inmensos sufrimientos psíquicos provocaron la completa anulación de su personalidad. Los ojos desmesuradamente abiertos de terror era lo único que había quedado de la inhumana desolación que los rodeaba. Los infelices seres que sobrevivieron a tanta desventura tenían ante sí un pesadísimo equipaje de enormes sacrificios a llevar a lo largo del nuevo camino de su existencia. Pasó mucho tiempo y lentamente se iba borrando de su mente la imagen de tanta tristeza. El recuerdo de haber venido del cielo no les abandonó nunca y durante milenios cantaron esta su gran verdad.
El tiempo pasaba y el relato de los Padres tejía fábulas, sueños, pesadillas y fantasía en la mente de los descendientes, ahora tan diferentes en el cuerpo y en el espíritu.
Tantos otros acontecimientos atormentaron la gran alma, amodorrada en el vértice de un triste pasado y tantas otras veces volvió a aflorar en la mente de los más evolucionados el impetuoso deseo de comunicar con la voz del cosmos para pedir respuesta a las preguntas que surgían del interior como imágenes vivientes y significativas. Pero la cruz luminosa e inmensa quedó, para siempre, esculpida en lo profundo de sus corazones. Una señal, que nunca pudieron olvidar y que en tantas circunstancias aparecía como una invitación al arrepentimiento y al temor. Sufrimientos, luchas con la joven naturaleza del planeta en fase de maduración, batallas contra las voraces, enormes, bestias y las indefensas criaturas, empujaron a los mejores a pensar, pensar con fortísima voluntad. De los sueños sacaron útiles enseñanzas y de la naturaleza los primeros medios rudimentarios. Los conocimientos se volvieron cada vez más numerosos y los medios se construían con más facilidad.
El tiempo había trabajado para ellos y el dictamen misterioso del gran saber se había revelado lentamente. Recomenzaron a vivir en contacto con la naturaleza misteriosa de la Inteligencia Universal. Adivinó el gran despertar y el hombre ya no pudo frenar más el río de su atávico saber que, en un primer tiempo, se había adormecido. Pasaron milenios y milenios en un continuo ascenso evolutivo entre el multiplicarse de las diferentes razas y otras nuevas llegadas a la luz.
No todo el tiempo fue feliz a causa de las convulsiones periódicas del planeta que, en fase de asentamiento, a menudo provocaba muerte y destrucción. Pero sus corazones ahora estaban templados y su espíritu alto como la cima de una montaña.
Recomenzaban y construían mejor que antes, viviendo con más férrea voluntad y con una fe inquebrantable. Lo que más preocupó a los Sabios de entonces fue la reminiscencia de una terrible fuerza de dominio y de guerra que, poco a poco, se iba formando en el ánimo de muchos. El instinto del funesto pasado se despertaba, también del largo letargo y, entre las cosas buenas que la mente realizaba, las malas eran las más grandes y las más terribles. Esto preocupó muchísimo a la infalible Inteligencia del Cosmos e igualmente preocupó a aquellos que, iniciando la gran exploración de los mundos nuevos, después de la inmensa, apocalíptica, catástrofe acontecida en nuestro sistema solar, habían conocido el destino de aquellos que buscaron, en el remotísimo tiempo, salvación sobre la Tierra.
Diez mil lejanos años de nuestro tiempo ellos conocieron nuestro mísero estado psicológico e hicieron de todo para hacernos mejorar rápidamente, dejando sobre la tierra maestros insignes de cultura universal. Muchos de ellos vivieron largo tiempo sobre la tierra y, a menudo, sacrificaron su vida con una pasión pura, angélica, santa.
Sus enseñanzas y sus conocimientos fueron de muchísima ayuda para mejorar progresivamente el proceso evolutivo de las razas. Su saber era infinito y sus conocimientos exactos. Quizás, en aquel tiempo, nos habían hecho conocer quien verdaderamente era DIOS. Pero las convulsiones del planeta no habían terminado y otros desastres se añadieron a los acaecidos a lo largo del tiempo; recomenzaron nuevamente y, esta vez, con la ayuda de quien conocía todo de nosotros, todo desde el principio hasta este nuestro tiempo. Sabían quienes éramos y de donde habíamos venido.
Nada escapaba a sus conocimientos, ni siquiera la mala formación de nuestros, a menudo famélicos y bestiales instintos que se agigantaban en la obra y en los hechos de la vida. Nos consideraban, nos ayudaban, nos compadecían, pero debían mantenerse, necesariamente, alejados, ocultos, escondidos con todos sus conocimientos en aquel tiempo incomprensibles, tanto como hoy. Muchos de ellos se sacrificaron por nuestro bienestar y tantos otros realizaron cosas maravillosas, inconcebibles para las mentes de entonces. Ezequiel, en su libro (Sagrada Biblia) los describía así: "La primera visión de los Querubines". Eran ellos y desde el primero hasta versículo veinticuatro de su libro Ezequiel lo afirma en el modo más claro e inequívoco. Estaban con nosotros porque querían, a cualquier precio, realizar un gran bien para sus semejantes en cautividad. El gran acontecimiento acaeció, la hora del perdón había llegado y la paz se debía concluir en la señal de la cruz y del sacrificio.
El hombre y la cruz se volvieron un símbolo que debía sacudir para siempre al alma humana. Debía recordar algo, muy grande, de indiscutible verdad que quedó impresa en la gran bóveda celeste; principalmente debía hacernos meditar, comprender y con la más razonable convicción, sentirnos culpables de un gran pecado, de una desobediencia hacia DIOS y todas las almas vivientes del cosmos. La gran paz nos vino misericordiosamente ofrecida, unida al perdón. Pero, una vez más, el hombre nutrido con la carne de la bestia felina, no quiso comprender, no quiso sentir, sobre todo no quiso aceptar un cambio radical de su vida absurda e inconcebible. Era lo que era y debía sudar sangre, sufrir todavía para poder comprender mejor su verdadera naturaleza, su blasón. Y, he aquí nuestros tiempos, tiempos de gran progreso material y de regresión espiritual. Una infinita reminiscencia que marca las cosas más impensadas y las edifica con desconcertante prontitud.
Los aviones, los coches, los navíos, los grandes mecanismos, los rascacielos, empresas de fábula y de disfrute de los recursos que este mundo, ya adulto, nos ofrece con tanta profusión. ¡No basta! Ha habido una reminiscencia incontenible y tan peligrosa que ha puesto en alarma a nosotros y a otros, la energía atómica, un monstruo oculto y de inaudita violencia destructiva tienta, nuevamente, insertarse amenazante en la ya vieja historia de nuestro sistema solar. Parece que la misma mente de entonces se haya posesionado de esta caótica energía y que, inmutada irresponsabilidad, intenta emplearla como medio de destrucción y de muerte. Una vez más, el hombre pone en peligro la existencia de un mundo y de todo lo que contiene con tanta inaudita ligereza.
Unos dos millones y medio de criaturas humanas se preguntan porque se recurre a esta monstruosa fuerza destructiva y aún si no lo demuestran, en el corazón de toda criatura humana está siempre esta pregunta, cuya respuesta está encerrada entre los labios de aquellos que todavía viven en un mundo que ya no está. Estos saben la medida de la gravedad, pero, a menudo, el instinto primordial los ciega y los vuelve irresponsables e inconscientes; la amenaza es grave, el peligro espectral, de un triste, atávico pasado, hace temblar el alma humana de terror.
Pero, por providencia de todos, las malas intenciones de los pocos y el espanto de los muchos, han atravesado el océano inmenso del espacio sideral para alcanzar el corazón y la mente de los justos, de los mejores, de aquellos que, más y mejor que nosotros, conocen la Ley del Universo. Ahora se ha llegado al tiempo en el que no es posible no comprender que nuestra soledad en el gran espacio ha sido solo aparente y que en realidad nunca hemos estado solos desde hace muchisímos siglos. Muchos fenómenos deberían hacernos comprender, más profundamente, que somos lo suficientemente idóneos para la aceptación de Verdades Universales mucho más grandes que aquellas que la historia nos ha dado a conocer hasta hoy.
Y en verdad una, gradual pero lenta, predisposición, existe ya en millones de personas, gracias a la metódica, precisa e indestructible obra de los Hermanos mejores que, como en el pasado, todavía hoy más que ayer se prodigan con perseverancia y con voluntaria abnegación. Hoy ya no es posible entender mal para huir de la verdad que nos supera y nos domina. Ya no es posible escribir como escribió el Profeta Ezequiel: "El aspecto de las ruedas y su movimiento se parecía al color del crisólito, y las cuatro se parecían, y su aspecto y su funcionamiento parecía como si una rueda estuviera dentro de otra rueda". Y todavía: "Mirando vi que sus llantas estaban todo en derredor llenas de ojos".
Y finalmente: "Sobre las cabezas de los vivientes había una semejanza de firmamento, como de portentoso cristal, tendido por encima de sus cabezas".
En aquel tiempo el Profeta Ezequiel se expresó así para describir la aparición de las naves espaciales y de los cascos espaciales que las criaturas de aquellos aparatos llevaban sobre la cabeza y que vestidos como iban le dieron la sensación de ver curiosos animales de forma humana. Y luego un dictado que debía, absolutamente, aceptar y que venia de Dios. ¿Quiénes eran aquellos que Él llamó Querubines?. Desde entonces han transcurrido cerca de tres mil años y en este nuestro tiempo la visión que tuvo el Profeta Ezequiel se repite suscitándonos la misma pregunta: ¿Quiénes son?. ¿De dónde vienen?. Nuestros ojos los ven y nuestra mente los comprende así como en realidad son, pequeñas y grandes naves del espacio que surcan velozmente nuestro cielo. Muchísimos las han visto aterrizar y otros muchos se han aproximado en el intento de conocer y hacerse comprender. Noticias de este tipo se podrían citar a miles. Muchas personas los han visto con casco y buzo espacial, tan complicados que parecían a primera vista curiosos animales de forma humana. Indudablemente bajo aquel casco, dentro de aquel complicado buzo, estaba el Querubín del Profeta Ezequiel, los mismos Mensajeros del Cielo deben finalmente hacernos comprender que la palabra de Dios está nuevamente en medio de nosotros. Muchos son los Querubines, Serafines y Tronos que nos miran y escrutan atentamente nuestros propósitos, preparándonos a aceptar verdades más profundas, que por los siglos de los siglos siempre han sobrepasado nuestros escasos y confusos conocimientos.
¿Estamos verdaderamente al borde del gran abismo? ¿Quizás estamos muy cercanos al tiempo que nos debe empujar nuevamente al fatal error?.
Las premisas, en verdad, no faltan y el tiempo de la monstruosa energía que destruye ya ha llamado con inaudita violencia a las grandes puertas de este nuestro querido mundo, la grande y terrible bestia con cabeza de hongo se ha despertado amenazadora, implacable, con ira, decidida a destruir, a devorarlo todo sin piedad.
El Hombre está aterrorizado y con la mirada dirigida hacia el cielo, piensa, mientras una gran Cruz Luminosa se pone ante sus ojos.
El alma delira en un gran e indefinible desconsuelo y asalta de tristeza la mente y el corazón. La mayoría se agita en un silencioso miedo, mientras la minoría, aquellos que se creen los únicos patrones del destino de la Humanidad y del Mundo, gozan teniendo atada a un hilo de seda la mortífera fuerza de un monstruo que, ligado a un deber, con una mente más equilibrada y más cuerda, podría servir como solo y único medio de fuerza para los mejores destinos de la Humanidad. Pero para desdicha de los justos y de los indefensos, todavía no prevalece la razón del hombre sobre la bestia, y el grito feroz y sanguinario de la energía vuelta loca por la mente del hombre, retumba en el espacio con mayor amenaza.
Una vez más en el gran océano del espacio sideral silba velozmente la imagen de un gran peligro, la intervención se ha vuelto necesaria, indispensable.
El punto crítico ha marcado el tiempo y es necesario, absolutamente, prevenir el inmediato desarrollo de lo que va a suceder. ¿Superaremos la gran crisis?.
Ellos están sobre la tierra, no sabemos como y donde, pero están. ¡Esto es cierto!.
Llamémosle como creamos más oportuno, digamos de ellos todo lo que queramos, mostrémosle a nuestra mente como deseemos, pero esto no excluye el hecho de que ellos están y además se hacen ver repentinamente. ¿Quiénes son?.
¿De donde vienen?. ¿Por qué han venido?. ¡Quién tenga oídos, escuche y quien ojos para ver, vea!. Pero lo que más conviene, al momento, es ARREPENTIRSE a tiempo y, esta vez queriéndolo, o no. No planteéis aquella necia pregunta del porque no se hacen ver o del por qué no bajan, con sus aparatos, en las plazas. Comprendedlo una buena vez y para siempre que ellos nos conocen desde tiempos remotos y lo saben todo, digo todo de nosotros desde la A hasta la Z. Toda publicidad sería, para ellos inútil, digo mejor contraproducente a la obra que deben desarrollar sobre la tierra. La veleidad es un vicio humano que estas criaturas consideran poquísimo. Saben lo que deben hacer y en el momento oportuno lo sabrá toda la humanidad.
Este es el solo y único pensamiento que domina sus inteligencias. ¡Todo el resto no cuenta!.
Los burlados, aquellos que antes que los otros han visto y sentido, comprenderán los primeros, sin ninguna sacudida psíquica. La grande, la más grande de las Verdades Universales. Este será su más justo y anhelado premio porque en verdad: "los pobres de espíritu verán el Paraíso". Y todavía: "Los últimos serán los primeros".
Esto he escrito sin mi personal intención, sin una pizca de veleidad especulativa, ya que he sentido, impetuosamente sentido que el Amor de Dios está en medio de nosotros con toda Su gran misericordia, hoy más que nunca, hoy más que nunca. Siento un gran temor leyendo nuevamente lo escrito en estas descarnadas páginas y pienso:
¿Bastarían todos los libros del mundo para haceros comprender lo que yo he comprendido al releerlos?. Soy una nulidad, soy un pedacito de carne viva, con un alma luciente y clara, y no menos que mis semejantes, con una inmensa cruz resplandeciente ante mis ojos, llenos de silenciosas y trémulas lágrimas.

Eugenio Siragusa
Catania, 18 de septiembre de 1961

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